Las raíces de los árboles no son persistentes cuando levantan el pavimento y ondulan un paseo de adoquines haciéndonos creer que ese camino ya no se limita a conducirnos a cualquier obligación, sino a uno de esos lugares donde todo es posible, lugares que escasean y que hay que saber encontrar.

En realidad las raíces solo se ciñen a su naturaleza, hacen lo que tienen que hacer. Crecen en busca de alimento para sostener un árbol que cada vez se hace más casa y universo. Resulta que cuando esta hilera de árboles ya estaba ahí, asomándose a un río, se insertó entre ambos un bonito paseo, la tierra se cubrió de hormigón y después se colocaron uno a uno los adoquines, cuadrados y pequeños. Artesanía en la obra pública.

A esos árboles no sabemos si les violentó la agresión que supone el encarcelamiento de unas raíces bajo una capa de cemento. Sí sabemos que la naturaleza siempre vuelve a ocupar el espacio que le pertenece y hace prevalecer sus reglas. Ocurre con las raíces y con los cursos de los ríos que desviamos. Sucede también con las personas. Intentamos cambiarlas, modificar los comportamientos minúsculos que nos terminan exasperando por pura repetición o los que impactan de frente contra nuestra naturaleza. Lo hacemos creyendo a veces que abrimos una ventana, pero sabiendo en el fondo que no funcionará porque estamos cerrando una puerta. Creo que cuando tratamos de imponer a una pareja, a una madre o a un hijo nuestro modo de ver las cosas, creyendo honestamente que les podría funcionar mejor, es cuestión de tiempo que las raíces vuelvan a levantar el hormigón.

Pienso en esto tras sobrevivir a un tropezón en el que podía haber dejado las palas clavadas en unos adoquines que curvan lo que fue recto. Estaba desnucándome para observar las ramas de un tilo que han crecido como anacondas y se alargan tensando la ley de la gravedad sobre un discípulo del running, un anciano que dudo que pudiera llegar a correr y una mujer que acaba de tropezar.