Estoy gafado. Otra vez han vuelto a equivocarse y a intercambiarme el informe de la revisión médica del trabajo con el de otra persona, uno con el colesterol y los triglicéridos altos y además con una hipoacusia moderada (es decir, un poco teniente). Me lo imagino ahora al pobre comiendo alegremente croquetas y bollicaos y entrecots y ositos de gominola y haciéndole repetir al camarero “¡Que a ver cuántos torreznos le pongo!”.
Y luego lo del móvil, que se me estropea el micrófono justo cada vez que me pongo con el Duolingo, así que tengo que repetir las frases tres o cuatro veces, güat-is-yur-neime?, nada, que no me lo coge. A este paso voy a matar a disgustos al pajarico verde ese de la aplicación −creo que es un búho−. De hecho, me escribe desolado un email cada vez que hago borota.
Con lo del tiempo tampoco acierto. Esto de la primavera trompetera es un rollo. En el mismo día puedes pasar de la Euskadi tropical a la Siberia severa. Si me acuerdo de coger la crema solar se me olvida el paraguas. Por la mañana echo de menos la camiseta térmica y al mediodía me dan calor hasta las gafas. Es el entretiempo. Tendría que aprender de esa gente que va en bermudas y con anorak.
Así aciertan siempre, aunque sea a medias. El entretiempo es como la vida misma. Cuando menos te lo esperas cae una tormenta bíblica; o en mitad de un día de perros el cielo te salva enviando unos rayos de sol que dibujan en tu vida un cuadro de Sorolla. El entretiempo es el Dragon Khan. El hombre del tiempo ahorcado. Alexa contestándote “Hoy la máxima será de treinta grados y la mínima de dos bajo cero”...
Y yo ya no sé qué hacer. Me he pedido en Aliexpress una estación meteorológica. Ha sido comprarla en la web y a las cuatro horas la tenía en la puerta (bueno, en el ascensor: “Se lo dejo en el ascensor, ¿okey?”, dice el repartidor, y no te deja tiempo para contestarle: “Es que acabo de salir de la ducha”; los riders no pierden el tiempo, se marchan como trenes bala, todavía tienen una montaña de paquetes que repartir, un amazonas convertido en cartón metido en la mochila XXL).
La estación meteorológica me ha costado seis euros con noventa y nueve. Todo un chollo. De no ser porque al abrirla lo que me he encontrado ha sido una pizarra magnética con unos imanes con formas de nubes de tormenta, mares arboladas, soles sonrientes. Un juguete para los futuros Arnaitz Fernández. “Se han equivocado, como los del informe médico”, digo, creo que para mí, pero mis hijos contestan algo, han debido de escucharme, parece que me riñen, distingo solo algunas palabras, “lo-que-pides-en-aliexpress-y-lo-que-te llega”, “huella ecológica”, “putosordo”, no sé, no oigo muy bien lo que dicen, “Estarán hablando en inglés”, pienso, y me dirijo a la cocina a prepararme un bocata de chorizo ibérico.