Me desapunto del gimnasio. Ya escrito, me comprometo a que sea esta semana. He demorado el momento para darme un margen, pura formalidad. La decisión estaba tomada.

Desde hace tiempo, A me venía repitiendo con cara seria que tenía que trabajar la fuerza. Que era básico. Y A es una mujer con criterio, así que en cuanto pude, me apunté. Pero a mí el gimnasio no me produce ningún placer más allá de terminar la sesión y tachar en la agenda la anotación correspondiente. Poquito, ¿verdad? Es más, es el lugar donde soy consciente de cada minuto y se me hace largo. Ni salgo con más energía ni más contenta. Solo cumplidorica y para eso no necesito mallas.

¿El placer es la única motivación para usted?, podrán preguntarme. Y yo les contestaré que como adulta educada en la responsabilidad e incluso en la culpabilidad, que por supuesto que no, es más, que tenerlo como criterio es una conquista y que, dado que poseo una lista de obligaciones suficiente en otros ámbitos, dejo por ahora el deporte en paz. Podría señalar sobre el plano todos los locales, con o sin agua, donde he intentado a lo largo de años realizar una actividad física diferente a andar (esa me gusta).

Es una limitación. Ni disfruto en el gimnasio ni el deporte me despierta ningún interés como espectadora más allá de algunos hitos y nunca más de unos minutos. Pues usted se pierde mucho, dirán, y les contestaré que sí, que es evidente. También les diré que tengo la certeza de que la práctica deportiva está sobrevalorada aunque esto ni es una excusa ni mejorará mis futuros musculoesquelético, cardiovascular y otros.

Igual un día descubro otra disciplina, quién sabe. Mientras tanto, A, querida, me temo que mantendré el agujero en la fuerza.