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Moscú eleva la amenaza

La estrategia de intimidación del Kremlin tiene a la Unión Europea como su objetivo; la utiliza para construir la ficción de un amenaza y cohesionar a los rusos en torno a un régimen autocrático

Moscú eleva la amenazaE.P.

El tono del relato que maneja el régimen de Vladímir Putinse ha vuelto considerablemente más agresivo contra la Unión Europea en los últimos días. Sin paños calientes, Moscú ha cruzado todas las líneas rojas y busca intimidar a lo que considera su antagonista ideológico: el modelo de estado social y de derecho de las democracias.

Las recientes declaraciones del expresidente Dmitri Medvédev, advirtiendo a la ciudadanía de la UE de que su «sueño pacífico ha terminado» para culpar a sus gobernantes, o el explícito chantaje económico de sus diplomáticos vaticinando pérdidas billonarias para doblegar la voluntad comunitaria, son un mecanismo de coacción frente a la impunidad que pretende para su expansionismo. A ello se suma la amenaza de arrastrar al abismo a países soberanos por estrechar sus lazos con Bruselas.

El régimen de Putin ha fiado su supervivencia a un viejo guion de trágicas resonancias: la búsqueda de cohesión interna a través de un expansionismo imperialista que calca las dinámicas de la era soviética sobre Europa. Para sostener este modelo, el Kremlin necesita señalar a las democracias occidentales como sus enemigas existenciales. Su reproche al defensivo rearme europeo es un sarcasmo trágico proveniendo de quien ha erigido una estructura hipermilitarizada del poder.

Rusia es hoy una autocracia que precisa justificar su deriva autoritaria y el sacrificio económico de su población inventando un enemigo exterior que presuntamente asedia sus fronteras. Ante esta hostilidad estructural, la respuesta no puede basarse en el contagio del belicismo, sino en el blindaje de la cohesión institucional y ciudadana.

La Unión Europea y sus valores fundacionales no representan ninguna amenaza para la estabilidad del continente; son su principal garantía de progreso y paz. Sin embargo, el proyecto común choca con un antieuropeísmo adornado con toques antisistema. Esta narrativa cuestiona la resistencia democrática apelando al miedo, a la conveniencia económica o a la división del sustrato ciudadano; exacerba su estratificación en clases y las confronta. No se trata de obviar los problemas sino de no usarlos en la política interna para fracturar una unidad en torno a principios que son la principal línea de defensa frente a la arbitrariedad y el autoritarismo.