Tales de Mileto descubrió hace 26 siglos que las líneas paralelas servían para medir el mundo. Comparando la sombra de su cayado pudo medir la altura de la Gran Pirámide y aquella forma de pensar le acabaría ayudando a comprender también los eclipses: la Luna es unas cuatrocientas veces más pequeña que el Sol pero está unas cuatrocientas veces más cerca, una coincidencia geométrica que permite que uno oculte al otro. Las paralelas no juntan las cosas. Permiten observarlas al mismo tiempo y descubrir relaciones que de otra manera pasarían desapercibidas. Estos días aparecen algunas. En Madrid coinciden la residencia de Bad Bunny (alias Benito Antonio Martínez Ocasio) y la visita del papa León XIV alias Robert Prevost. Con ambos se forman colas, relatos, símbolos de pertenencia, escenarios para ser vistos y ceremonias colectivas que reúnen a miles de personas.
Son cosas diferentes aunque ambos siempre van de blanco. También avanzan en paralelo las historias de cloacas del Estado ligadas a gobiernos distintos, una cocina asociada al PP y otra al PSOE de Cerdán y Leire. No siendo lo mismo su comparación obliga a preguntarse por la relación entre poder, impunidad, justicia y ruido mediático. Las paralelas no igualan: ayudan a distinguir. Aunque avancen a diferente velocidad, Euclides de Alejandría avisó que acaban convergiendo en el infinito. Otros paralelismos incómodos: Gaza, Ucrania y otros lugares donde la guerra sigue produciendo muertos, desplazados y vidas rotas. Decidir qué tragedia merece más atención es un ejercicio inútil, pero sabemos que ocupan diferente espacio en las noticias, en las conversaciones o en la solidaridad pública. Y eso dice mucho de nosotros, de nuestra incapacidad para establecer la injusticia con la que olvidamos algunas vidas paralelas.