Si te da por follar con música, mejor un disco en directo: tendrás aplausos asegurados cada tres o cuatro minutos. O, si prefieres, gatillazos raudos de Lendakaris Muertos. Pero, si te levantas en plan pontífice, déjate de estribillos –de lo otro, va en el cargo– y pásate por el Congreso español. Allí, solo con tu presencia, quiero que estés a mi lado, recibirás una ovación de siete minutos y cuatro segundos, y eso sin quitarte la muceta y tras zurrar la badana a izquierda y derecha.
Yo lo escuché y en lo suyo moló. Salteó verdades de Miss Universo, metáforas celestes, quejidos humanistas y dogmas catequéticos. Vamos, lo que viene a ser un Papa. Y, sin embargo, me alucinó el babeo institucional, ignoro si por ser un líder religioso o un jefe de Estado. Pues, si uno critica el exceso de palio, replican que es el mandamás de un país importante, aunque ni a Churchill se le regaló tal fasto. Y si se afea su discurso ideológico, matizan que se trata de un mensaje moral, tipo Yuval Noah Harari, pero con sotana. ¿En qué quedamos?
Según el CIS, los principales problemas de la gente son la casa, la pasta, el curro, la inmigración, la situación política, la sanidad... Como simple legislador o ñapas coyuntural, ninguno de ellos apremia al dirigente Robert Francis Prevost. El Vaticano no es Belfast. Así resulta sencillo impartir lecciones de gobernanza. Lo sabré yo, columnista. Otra cosa es la propuesta de un tal León XIV, legítimo faro de quien busque esa luz para ir por la vida. Y, en ese caso, allá cada cual con sus pasiones, siempre que no embarguen en falso a un Parlamento. Que esa es otra, confundir un palmeo de cortesía y unos bises de Maná.