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DrogarseArchivo

Con mi madre, criada en una posguerra rural, se me sumaron muchas suertes. Una de ellas, improbable a priori por su origen y entorno, fue que pudimos construir juntas un espacio íntimo y amplio en el que crecía y se elevaba la comunicación abierta. Fue necesario que transcurriera un tiempo para que yo apreciara el valor de aquella catedral. Su luz me sigue envolviendo hoy en muchos momentos.

En aquel espacio de confianza y tanteo mutuo se habló también sobre drogas, la curiosidad, los problemas, la inocencia contenida en las preguntas genéricas. ¿Pero tú has probado la droga? Teníamos cerca familias mutiladas por sobredosis y amargadas por la convivencia y la espiral de los ingresos en centros de desintoxicación. Todo el mundo conocía a alguien adicto. Hoy hablamos de drogas recreativas y sociales. El formato de consumo se ha transformado. El estigma del adicto permanece.

Me he acordado de aquellas conversaciones con mi madre al leer lo que dice Gabor Maté. Este doctor húngaro recorrió las calles de Vancouver durante años tratando a mujeres y hombres que cada día forzaban su existencia hasta el límite, cuerpos y mentes destrozadas que encerraban almas angustiadas. La cercanía prolongada le llevó a entender que la clave de la adicción no está en la química de la sustancia, si fuera así toda persona que prueba se haría adicta. La clave está en el dolor, el que calma el consumo, muchas veces enraizado en traumas infantiles.

Gabor Maté explica que en Occidente la adicción se interpreta de dos modos: tú eliges consumir, y el sistema te castiga por tomar una decisión equivocada, o tú consumes por una enfermedad heredada genéticamente, entonces eres un enfermo. Pero no se busca qué necesidad, qué carencia o qué dolor anidan detrás de meterse rayas, empastillarse, fumar o pincharse a diario. De esto habla el libro que acaba de publicar, En el reino de los espíritus hambrientos. Según el budismo son los que están condenados a un deseo perpetuo y nunca se llenan.