Admito que puede ser efecto de esta ola de calor que estamos soportando de forma estoica, ya lo comentaba la semana pasada, con la evidente responsabilidad que tenemos en lo que sucede con el clima. Me refiero a que el discurso público se está en cierto modo desmelenando, acudiendo a los peores anacolutos y falacias del razonamiento para atacar, en el fondo, la pacífica convivencia de quienes hemos sido cumplidores y leales siervos del sistema.

Si algo caracteriza este siglo XXI es que la rapiña de quienes ya eran más ricos, más pudientes, mejor considerados incluso, les está llevando no solo a desmantelar la clase media (ya lo consiguieron) sino a poner en cuestión eso que un día alguien llamó estado del bienestar, aunque era simplemente un poquito de justicia social para no seguir jodiendo a los más vulnerables.

Me refiero, y me centro, a que ahora escuchamos cómo organizaciones empresariales se quejan de la cantidad de bajas que tienen unos trabajadores que, como vivimos en nuestra propia carne, ven deteriorada la salud, menguada su capacidad adquisitiva o cómo son puestas en entredicho importantes conquistas sociales como la paridad o la conciliación, convertidas en este relato en una carga, cuando son una necesidad para tantas personas.

Contraatacan ahora pensando en que el próximo gobierno de derechas les será más servil, incluso aunque esa estupidez de la prioridad nacional ponga en peligro la base de la cadena, la fuerza de trabajo que sostiene en el fondo el sistema, posible gracias a la inmigración más que nunca. Para entenderlo todo no bastan las cifras y los hechos, hay que reclamar la necesidad de un cambio de actitud en las cúpulas que tan impunemente se han beneficiado siempre de la insensibilidad social del estado. Y que paguen. Tax the rich, más que nunca.