Con los tenues acuerdos de paz, el restablecimiento de un tráfico marítimo inestable en el estrecho de Ormuz y grandes interrogantes en torno a la supuesta victoria norteamericana, Teherán se puede apuntar una victoria inesperada frente a Donald Trump, aunque muchos observadores ya la habían previsto: ha debilitado la alianza entre Israel y Estados Unidos.

Esa alianza, que existe desde hace ya largos años, parecía más firme que nunca bajo la presidencia de Donald Trump, gran simpatizante de Israel y con fuertes lazos personales en el mundo judío, en parte a causa de su hija Ivanka, casada con un judío ortodoxo a quien el presidente norteamericano encomienda negociaciones internacionales incluidas las actuales en Irán.

Pero el estado judío ha hecho más difícil la paz con Irán y ha interpuesto sus intereses a la solución que Trump buscaba para acabar el conflicto rápidamente y declarar victoria al tiempo requerido por el calendario electoral norteamericano, pues en Estados Unidos hay comicios parlamentarios dentro de cinco meses.

Los bombardeos israelíes en el Líbano han entorpecido las negociaciones de EEUU con Irán y han hecho más difícil la ya espinosa gestión para la paz en Teherán, un país que el presidente Reagan colocaría en el “eje del mal” como hizo en su día con el bloque soviético. Estados Unidos necesita neutralizarlo para alejar el riesgo de conflictos armados en un lugar estratégico e incluso

En un momento clave como el que vivimos desde hace más de tres meses, la conducta israelí es muy inoportuna y contraria a la fidelidad que Trump espera de sus amigos, especialmente de un pequeño estado como Israel, altamente dependiente de la ayuda militar y diplomática de Estados Unidos.

Israel es el mayor receptor de ayuda norteamericana pues desde la creación del estado judío, alentada política y económicamente por Washington, ha recibido más de 300 mil millones de dólares, principalmente para gastos de defensa y armamentos. En situaciones difíciles, como la generada en 2024, un año tras los ataques palestinos de Hamas, recibió ayudas especiales.

En ese año, se elevaron a 14 mil millones de dólares, muy por encima de los presupuestos establecidos de casi 4 mil millones anuales. En este caso, el dinero se destinó al desarrollo de defensas antiaéreas con rayos láser y a una nueva generación de misiles.

Tel Aviv no actuó en defensa de los intereses norteamericanos cuando divergían de los propios y lo justificó por sus necesidades estratégicas para sobrevivir en el mundo hostil de sus vecinos islámicos. Es algo que a Trump no le gustó e interpretó como osadía, egoísmo y desagradecimiento e incluso le acercó a los países árabes con los que habitualmente tenía malas relaciones.

Este acercamiento no es nuevo, pues Qatar tiene bases militares norteamericanas, los Emiratos son ya aliados económicos por su interés en tecnología e inteligencia artificial, mientras que Washington es el principal socio de Arabia Saudita para la transformación económica que persigue. Egipto y Jordania son aliados fuera de la OTAN y receptores de ayuda militar y financiera para favorecer la estabilidad en el Próximo Oriente.

Los líderes iraníes disfrutan de este momento y se felicitan por haber abierto una brecha entre Washington e Israel, pero es muy posible que su alegría sea breve: la alianza de Washington con Israel tiene gran apoyo dentro de Estados Unidos donde la población judía es limitada en número, pero gigante en influencia política y en bolsillos para financiarla.

A pesar de ciertas corrientes antisemitas surgidas en los últimos años y presentes y activas dentro del Congreso de EEUU, Israel tiene muchos más amigos –incluso por motivos religiosos– entre grupos fundamentalistas cristianos y está bien situado para influir en los legisladores de ambas cámaras que aprueban los presupuestos de ayuda, menos económica que militar.

En el caso improbable de que Trump se volviera en contra de Israel, es impensable por ahora que Estados Unidos abandone a un aliado que algunos describen como el “estado 51” de la unión americana.

Aunque la mayor de las ciudades norteamericanas (Nueva York) este gobernada por un alcalde musulmán y a pesar de la atención que atrae un pequeño grupo de congresistas musulmanas, el Irán o las minorías islámicas dentro de Estados Unidos tienen el fracaso asegurado si hacen sus planes pensando en una próxima ruptura entre Washington y Tel Aviv.