LA Unión Europea acaba de dar un paso que trasciende el mero pragmatismo administrativo para adentrarse en un terreno éticamente insostenible. Los derechos humanos, razón de ser del proyecto comunitario, han sufrido esta semana una sacudida inquietante. En un giro que constata la creciente dureza de las políticas de fronteras, una delegación de 15 países miembros de la UE, acompañada por un equipo de la Comisión que preside Ursula von der Leyen, se ha sentado a la mesa con una representación del Gobierno talibán de Afganistán. El objetivo: abordar y facilitar la deportación a su país de origen de migrantes afganos.
El modo en que se ha gestado y ejecutado este encuentro es, en sí mismo, un síntoma de la incomodidad y la mala conciencia institucional. La cita se ha celebrado casi en secreto en un hotel de Bruselas, la capital comunitaria donde la UE despliega su imponente maquinaria burocrática y su presencia física oficial. Las instituciones comunitarias han intentado restarle trascendencia, solemnidad y, sobre todo, visibilidad a un acto que sabían indefendible. Se ha calificado la reunión de carácter estrictamente “técnico”, un intento inútil de despojar al encuentro de connotaciones políticas, porque sentarse a pactar con los talibanes supone una legitimación política tácita.
Conviene hacer un necesario ejercicio de memoria para recordar con quién está pactando Europa. El Afganistán actual es uno de los regímenes más aislados, herméticos y represivos del mundo. Está gobernado con puño de hierro como una teocracia, liderada por un Ejecutivo compuesto íntegramente por miembros de un movimiento fundamentalista que no rinde cuentas ante nadie. La ONU ha denunciado de forma reiterada y contundente las graves y sistemáticas violaciones de derechos humanos que se perpetran a diario bajo su mandato.
Pero el abismo más sombrío de esta realidad es la política de discriminación institucional y sistemática hacia las mujeres y niñas afganas, sometidas a lo que la comunidad internacional ya califica como un “apartheid de género”. El estupor es mayúsculo. Y no es para menos, pues estamos ante una escandalosa degradación ética. El afán de Europa por blindar sus fronteras y acelerar las deportaciones está llevándola a sacrificar sus propios valores fundacionales. Devolver a personas vulnerables a un país dominado por el terror, y hacerlo previo pacto soterrado con sus verdugos, no es una mera cuestión “técnica”.