Que el destino nos libre de pleitos y querellas. Es la terrible pesadilla de un país donde la justicia es el servicio público peor valorado por la ciudadanía a causa de su parsimonia y politización, por kafkiana. Y si entre peinados, marchenas y con Aldama de santo patrón, no hay manera de confiar en la rectitud de los tribunales, vayamos a la justicia narrativa, esa que proviene de libros, series y audiovisuales en los que se desvela la verdad que se ocultó en los juzgados. Lean para ilustrarse Bajo las togas. Errores judiciales y otras infamias, de Carlos Castresana. Es la justicia española.
El caso Epstein es la pura ignominia, con su trama de superricos cometiendo abusos sobre chicas vulnerables y menores. En su orgía estuvieron Gates, Clinton, Andrés de Inglaterra y, por supuesto, Trump, que busca salir impune de esta historia macabra. Lo han contado con detalle las plataformas globales. Es la justicia digital. También lo es el reciente documental de Netflix, Michael Jackson, el veredicto, sobre el juicio al rey del pop en 2005.
A pesar de las pruebas abrumadoras de las atrocidades sexuales cometidas sobre Gavin Arvizo, de 12 años, el cantante salió “no culpable” aunque no inocente. Ese monstruo mostraba pornografía a los críos, les daba alcohol, les metía en su cama, les masturbaba y les hacía sexo oral. Los que no le denunciaron recibieron millones por su silencio. Murió cuatro años después. Es la justicia americana.
Los que nunca leyeron Lolita, de Nabokov, pero vieron sus adaptaciones al cine, creen que la niña de 12 años (“nínfula”, en palabra del autor) incitaba a Humbert Humbert, su padrastro, 30 años mayor que ella, sumándose así al orfeón de los canallas que sostienen que la pederastia es culpa de lolitas y lolitos. Es una justicia de locos.