Vivir en el alambre se le da medianamente bien a Pedro Sánchez y hay que reconocerle que, por suerte o por habilidad, viene logrando que el cuadro macroeconómico encaje dentro del marco. Otra cosa es que, parafraseando a la inversa a James Carville, director de campaña de Bill Clinton, ya no sea “la economía, estúpido”, la que otorga el favor de la opinión pública, al menos en una sociedad española con ínfulas de nuevo rico. Contener la inflación, aumentar el empleo y sostener un crecimiento contracíclico es demasiado técnico para contrarrestar el relato de casa y consumo accesibles para todos. Y mejores sueldos. Así que el dibujo macro del Gobierno Sánchez para el ejercicio, base de la elaboración de unos presupuestos que en el pasado no logró aprobar y en el futuro no pintan mejor, importa bien poco en la calle. Quizá por eso, las medidas de protección anticrisis que ha prorrogado no son precisamente arriesgadas y vanguardistas pero sí que ponen parches al bolsillo, sobre todo en materia de energía.
Llenar el depósito este verano hubiera sido ganarse el odio imperecedero de todos los vacacionantes si no llega a mantener la subvención, que desde la izquierda le pedían retirar en favor del transporte público. Pero el arrojo -o la caja- no le da para otras rebajas como las que le pedían desde el PNV -la carne y el pescado no tendrán IVA superreducido ni se generaliza el bono de calefacción para los jubilados-. Así que, este ‘escudo social’ mediopensionista parece poco sólido para soportar los mandobles que siguen lanzando al presidente español los titulares sobre causas judiciales.
Ayer mismo, el juez Pedraz citó como investigada a la actual presidenta de la SEPI, Belén Gualda, en relación al caso Leire Díez. Qué tiempos aquellos en los que los cargos públicos del área de industria eran puestazos golosos. Dicen los nostálgicos que hubo una época en que los despachos llegaban jamones y no citaciones judiciales. Va usted a comparar.
Campaña electoral sin candidatos
Arnaldo Otegi volvió a demostrar ayer que su partido puede estar haciendo campaña electoral de continuo sin presentar un solo candidato. Y lo hizo recetando pastillas de desmemoria al apropiarse -como ha venido haciendo con otros símbolos del soberanismo vasco- de la imagen del lehendakari José Antonio Aguirre. Ese político al que la izquierda redentorista calificó durante décadas de “timorato”, folclórico y “mendicante” por su resistencia democrática en el exilio y, sobre todo, por no respaldar la llamada a las armas que alentó a ETA. Esa pilula no se la traga nadie con memoria.