Hace tiempo que un amigo diplomático me dijo: "Lo único bueno de las embajadas es el whisky". Conocía bien el percal. Desde hace unos días se está montando una escandalera monumental porque han pillado a la diplomacia americana con el culo al aire. Circo. Si todo el mundo sabe que en las embajadas se cuecen las habas de cosas como vuelos de la CIA transportando presos a cárceles ocultas, que se dan nombres y datos de periodistas a batir, que se ignora ataques a civiles saharauis concentrados pacíficamente, que se ofrece al mandatario de turno comisiones importantes por aceptar grandes créditos o ayudas de organismos internacionales para financiar proyectos, tapar agujeros, a cambio de que las grandes multinacionales del ramo lleven a cabo las obras correspondientes con esos dineros, repartiendo los beneficios entre la cuadrilla; que los agregados comerciales, culturales, etcétera, son miembros activos de una cosa que llaman inteligencia. La belleza de la diplomacia. La tapadera de oro de la alcantarilla del poder, de la democracia, de la dictadura y la dictablanda. Los políticos tienen la virtud de subvertir hasta el diccionario, la ética no existe, pero sí la inteligencia como sinónimo de crimen. A qué viene tanto alboroto, si el pueblo llano lo tiene más claro que el agua.
Es aterrador pensar en el personal que nos ordena y manda desde la justicia y la política. Por eso la gente está mucho más interesada en el resultado de la liga de fútbol, porque divierte, remueve los colores de la tierra, el patriotismo y demás edulcorantes y conservantes. O aguantar el dolor por algo inevitable y cercano: por la muerte de un amigo que se llama Enzo, que te deja un hueco en los brazos porque ya no lo puedes abrazar. O vibrar por la verdadera inteligencia de un niño que lee y descubre la belleza de los números. La diplomacia huele a cloaca, bajo el esmoquin, la colonia cara y el perfil rasurado. El pueblo prefiere el olor de un queso viejo, gaztazarra y un buen trago de vino. Buen provecho. On egin.