Cuando aún está fresco en nuestra memoria el calvario que significó para los usuarios del transporte aéreo la intervención de Air Madrid por parte del Ministerio de Fomento, con Magdalena Álvarez a la cabeza en las Navidades de 2006, en la que unos vieron la capacidad para ser inoportuno del Gobierno de Zapatero, y otros quizá la contraria, de aprovechar la oportunidad con una empresa ya sentenciada para seguir practicando el amiguismo y manejar la cesión de sus derechos y activos por parte de ese ministerio, librándoles a la vez de la obligatoriedad de dar los servicios que ya habían vendido, el ministro José Blanco nos dedica otra perla de la oportunidad peor entendida en el pasado puente de la Constitución, acompañada de esa tendencia de su partido a caer en formas cercanas al totalitarismo ya marca de la casa desde los tiempos de Felipe González. Su discurso no sólo no convence, también ofende la inteligencia de nuestras gentes. Yo me pregunto, ¿de quién es la responsabilidad de que un país funcione, del Gobierno o de los que están al frente de los distintos servicios? Resulta muy difícil ser objetivo con la actitud de los controladores aéreos a la hora de defender sus derechos, que los tienen, aunque a muchos nos suenen más a privilegios. No se puede caer en una actitud tan egoísta, sabiendo en qué medida inciden los suyos en los derechos de los demás, y qué duda cabe de que la medida de sus acciones tendría que ser otra. Pero no son diferentes del resto de colectivos que tienen el poder en este país si vemos lo que nos ha hecho en los últimos años la clase política, banca, constructores y todos los especuladores económicos... a lo largo y ancho del mapa en mutua complicidad, con total impunidad y sabiendo a dónde nos arrastraban. Da igual que seamos buenos, que respetemos los límites de velocidad, que paguemos los impuestos, mientras no cambiemos esta democracia de pacotilla, y si no se reforma la Constitución para poderponer a esta gente en su sitio, los ciudadanos de a pie seguiremos viviendo entre la espada y la pared.
Manuel Mora Hernández