Hace unos días, leyendo la prensa como todas las mañanas, encontré en la sección Cartas al director un regalo adelantado de Navidad..., o por lo menos la ilusión de poder imaginarlo mientras tomaba el café.
Durante muchos años he crecido y disfrutado de la solera e historia de mi barrio, el II Ensanche. Los vecinos de toda la vida, viendo cómo se hacían mayores, la nueva savia que llegaba, parejas jóvenes que con el tiempo llenaban de chiquillos los columpios al final de Carlos III, la hora del paseo, los comercios de siempre, los nuevos, el momento del aperitivo, los cafés con las caras de siempre... Mucha vida de balcón, muchos saludos por la calle..., pero pocas alternativas más allá de las propias de las personas para disfrutar de nuestro barrio.
Las inquietudes culturales, los cursos, el deporte, la salud, la música, los talleres... eso ya se se encontraba fuera de nuestro alcance, o como suelen decir en las películas, de nuestro distrito. Para cada cual lo más cercano sería el Casco Antiguo, San Juan... vaya usted a saber. Y hasta ahora, con resignación, así lo habiamos vivido. Pero cuando una lectora les escribió el otro día proponiéndolo, pude imaginar un barrio como todos los demás de Pamplona: un centro cultural en el antiguo conservatorio de música Pablo Sarasate. ¡Claro que sí! Por fin los niños podrían hacer algo más que subir y bajar por los toboganes de Conde Rodezno, por fin los mayores podrían encontrarse y disfrutar más allá de los bancos del paseo, por fin podríamos asistir a ciclos, conferencias, pintura, ritmos, yogas, bailes, cine... y, de repente, me di cuenta que mi sueño era la realidad de gran cantidad de pamploneses... ¿por qué no también la mía? ¿Por qué no también la nuestra, vecinos del II Ensanche?
En esta época de tantos, tantísimos sinsabores y cinturones apretados, pensemos que el otro centro de Pamplona puede ser como el resto de la ciudad: un espacio donde disfrutar, aprender, enseñar, para jóvenes, para adultos, para tercera edad, para niños... como ya lo definiera en aquella ocasión la autora de la carta, un lugar de todos y para todos.
Acabé de tomar el café, pero esta vez el regustillo duró un poco más. Que por ilusión no se diga.