Y bien alimentados. Fue uno de los mayores logros de la llamada "transición a la española", pasar de una dictadura fascista a una democracia sin que nada cambiase para no incomodar los pilares que sustentaron durante cuarenta años a la dictadura, a saber: poder económico, poder militar y poder religioso; de tal manera que de la noche a la mañana aquellos camisas azules, que ahora son demócratas de toda la vida, cuentan a sus nietos lo mucho que corrieron delante de los grises.
Una dictadura moldeada en forma de falsa democracia, donde el partido comunista de toda la vida acude a la Zarzuela a presentar sus respetos al nuevo y flamante monarca, designado por Franco como su sucesor y que públicamente juró lealtad a los principios del movimiento. Una democracia que logró domesticar el movimiento obrero convirtiendo la mayoría de sindicatos en organizaciones subvencionadas, que agarrándose al pezón de la teta del Estado, comenzaron a mamar y a olvidarse de sus verdaderos orígenes. Una democracia subyugada al Vaticano, que permite a la Iglesia católica conservar unos privilegios que obtuvieron de manera muy poco cristiana y que convirtieron un golpe de Estado y un genocidio en una santa cruzada. Una democracia en la que las normas las dicta el mercado, es decir, a pesar de tener un Parlamento con sus bien remuneradas señorías quien corta el bacalao es el poder económico que mantendrá su status y sus beneficios por encima de cualquier bien común.
El paso de una dictadura a una democracia fue sólo nominal, es decir, se cambió la pintura manteniendo la estructura interior puesto que nada ha cambiado, ya que poder económico, poder militar y poder religioso siguen siendo los pilares que soportan esta democracia con olor a cerrado, de aire viciado y que todavía hoy en pleno siglo XXI mantiene las esencias y valores que impusieron Isabel de Castilla y Fernando de Aragón a sangre y fuego y a golpe de inquisición; que ya no necesita de mercenarios como el duque de Alba para derribar nuestros castillos y nuestra independencia ya que tiene aquí fabulosos valedores que haciendo gala de navarrismo se envuelven con la rojigualda, babean viendo desfilar a la legión y se empalman cuando hacen reverencias al campechano monarca, sin darse cuenta de su propia incongruencia. Patanes cortesanos...