Con las primeras luces del día me decido a disfrutar del frío. Cinco grados bajo cero. Una tontería comparada con los treinta y cinco bajo cero de Siberia, que, cuando te quitas el gorro, tu cerebro parece una galleta que se cuartea. Si te colocas entre pecho y espalda un vodka parece que flotas en medio de la primavera. Los niños juegan con sus trineos sobre los ríos congelados mientras se toman un helado de nata.
Pasé intencionadamente por el lugar donde duermen los sin techo y no estaba ninguno. Se habrán quedado tiesos y se los habrán llevado o decidieron ponerse a cobijo en un refugio. No les gustan los refugios oficiales. Me dirigí al monte. Subí entre la nieve y las hayas. Sudé de lo lindo. Me senté, y frente a la soledad fría del invierno pensé en la inmensidad de su belleza. Cansado, marché a donde me esperaban para almorzar. Unos pequeños trozos de txistorra de aperitivo, mientras preparaban dos huevos con magras y tomate. De postre unas nueces y un poco de queso. Nevaba afuera. La leña ardiendo brava en el fogón nos acompañó mientras tomamos café, copa y puro (akeita, txola ta txondorra) en la partida de mus. ¡Viva la vida!
En realidad, todo esto que os he contado es una excusa para felicitaros las Navidades sin foto ni retórica de oro, incienso y mirra, como un simple Olentzero. ¡Feliz Navidad y Próspero Año nuevo!
Para quien gusta de los villancicos, sepa que le acompañaremos en esa nostalgia de felicidad natural o fabricada para niños.
Zorionak eta Urte Berri On!