Es una novedosa tradición que cada año va alcanzando más y más fuerza. Tanto en Nochevieja como en carnaval, cada año se disfrazan más y más personas y lo cierto que hace años no existía tanta ansia por asumir personalidades diferentes.

Los tiempos obligan e inducen a todos a mostrarse, al menos diferente. Qué bonito es poder ser durante unas horas alguien diferente, desinhibirse de los problemas (que hoy son muchos), dejar a un lado el paro, las apreturas económicas, los desencantos amorosos, etcétera.

Personajes de cuento, piratas, vaqueros, ninfas, brujas, y un sinfín de personajes salen a la calle para despedir el año y recibir el nuevo con otro espíritu, con una ilusión de que sea diferente y con el sincero deseo de que la diferencia radique en ser mejor, en mejorar, en dejar de lado la realidad, aunque sólo sea por unas horas, y al son de las campanadas, al compás de las uvas, el Año Nuevo vengan lleno de mejoras, cargado de bonanzas.

Disfrazarse, sí disfrazarse, pero no olvidar la realidad, saber dónde estamos, saber a dónde vamos no es pesimismo, asumir la realidad supone valentía, y por ello puede ser que no consigamos aquello que ansiamos con todas nuestras fuerzas.

Tras la máscara todos somos muy valientes, aunque el disfraz sea de niña buena, nos atrevemos con todo; pues eso es lo que hace falta, que esa fuerza, ese entusiasmo, esa seguridad en sí mismo, de la que dota a las personas el anonimato de la máscara, se transmita en la realidad de la persona, que afronte los problemas con ilusión, con entusiasmo, y todo saldrá bien.

Disfrazarse es un reflejo de la pura realidad, las personas vivimos en un completo disfraz, ¿o es que a nadie le sucede querer volver atrás para realizar una acción de manera diferente? Pues eso no es más que un reflejo de una acción realizada sin convencimiento, sino actuando bajo la máscara, mostrándonos tal como somos, la felicidad de la máscara puede acompañarnos siempre.