la carta del día

Esta agridulce Navidad

30.12.2020 | 00:36

alboroto, preparación de regalos, comprar alimentos sabrosos, el automóvil lleno hasta los topes, abrazos, besos, niños corriendo, risas, gritos alegres, disparates, los abuelos charlando con la descendencia, que volvió... Todo esto ha cambiado en este oscuro tiempo. Nos felicitamos a veces con la boca pequeña, casi algunos llorando, porque no podemos ver, abrazar, besar a muchos de nuestros seres queridos. A veces solo hablando por teléfono –bendición lograda por científicos y técnicos– o en la pantalla de un ordenador viendo el amado rostro. Lágrimas furtivas... Otros hogares querrían celebrar bien estos días pero falta en la mesa alguien importante y no volverá a este mundo ya. Muchas familias perdieron a sus mayores, a hijos, a tíos. Hacia el más allá mirarán.

Sin embargo, necesitaremos el calor humano y hasta el divino, el que otorga la esperanza, porque no todo ha de quedarse en esa cena en la que faltan queridos, necesarios comensales. La Nochebuena, la Navidad, el Año Nuevo, todas estas mayúsculas ceden ante una realidad que ha humillado a la entera humanidad, tan orgullosa de su técnica, del desarrollo económico, de crecimientos y negocios. Todo puede desaparecer en muy poco tiempo...

Pero sigue naciendo la vida, como el Niño de esa inmunda cuadra donde, entre bestias, nace iluminado por estrella singular, misterio convertido en luz, posible metáfora de nuestra existencia. En lo más siniestro renacer bien podemos, porque hay un divino empeño en que la humanidad, con sus catástrofes naturales o políticas, siga su curso. Y si por fuera no puede volver lo que quisiéramos, sí por dentro, en el mundo interior, en esa intimidad del alma donde Santa Teresa de Jesús decía hallar a Dios. Por eso su compañero, San Juan de la Cruz, escribía esos profundos versos, despojándose del universo, porque a veces no vale el mundo externo: "Olvido de lo criado, / presencia del Criador, / atención al interior / y estarse amando al Amado".

Tiempos irritados estos donde la tregua navideña nos halla en gran confrontación de empeños, con luchas agrias en la sociedad, en la política... Aunque se cometan enormes y graves torpezas que mucho pueden afectar al futuro de la humanidad, no deben dejarnos anidar un rencor que pudre el corazón de quien odia. El odiado puede sufrirnos cuando percibe nuestro flujo negativo, pero quien más daño se hace es uno mismo. Uno debe combatir lo que considera mal pero, como aquellos caballeros que antes se saludaban con respeto antes del combate, sin envenenarse. Todo ser humano, hasta el más horrendo, merece un respeto, decían los estoicos, como Séneca: "homo homini sacra res". También para el cristiano cada persona es sagrada pues hasta el más repulsivo es amado por Dios y el Nacido que será crucificado y sin embargo ha de resucitar se nos ofrece como modelo. Renacer pues podemos.

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