Era tan bonita que daba rabia. Rabia de no estar con ella en una simetría perfecta y antagónica. Y si lo conseguía, rabia de sentir que me deshacía ante una vocecita tan dulce que un poco más y resultaría insoportable. Cada día estás más guapa, comenté. De seguir así no sé adónde vas a llegar. Ella me sonrió con su sonrisa luminosa que lo llenaba todo y durante unos segundos me quedé colgando de sus ojos que tenían en el catálogo Pantone el color exacto de aquel caballo azabache rodeado por las tropas de Pancho Villa en mitad de esa conocidísima canción mejicana. Ten cuidado, le advertí que la belleza, paradójicamente como el aire, no se ve pero que se siente y como él, puede explotar igual que un globo si te obstinas en recorrer a diario ese camino. Ella me volvió a sonreír todavía con más luz y más ganas, y de repente, a cámara lenta, sin ruido alguno como si el espectáculo fuese solo para mí, explotó ante mis ojos y se convirtió en una nube de papelitos plateados revoloteando por el aire en ondas expansivas junto a lucecitas que simulaban ser estrellas. Cayeron al suelo como una lluvia de confeti. Yo pensaba que estaba soñando porque esos papelitos y esas luces se posaron suavemente como copos de nieve que a veces daban unos giros extraños para aterrizar mejor. Pensé que lo hacían para no hacerse daño, como si fuesen paracaidistas con una técnica nueva de aterrizaje aprendida a marchas forzadas. Pero en realidad lo hacían para caer en el lugar preciso. Y cuando se formalizó la primera letra plateada entendí el protagonismo de esas cabriolas en el aire. Descansando en el suelo estaba la D mayúscula. A su derecha se formaron la E y después la M. Luego aparecieron las letras restantes. Entonces, con retraso de trueno, sentí la onda expansiva de la explosión que no escuché y como una ola de sobredosis de entendimiento, me sobrevino todo el mensaje de una sola vez como si fuese una fotografía.

La democracia es la dictadura del capital, pensé. Los totalitarismos no son más que capitalismos de Estado que persiguen a ciegas y sin disimulos el mismo fin. El maltrato al planeta es efecto del capitalismo galopante, que es la causa de nuestros males. Sin embargo, la primera causa de todas es el alma humana y el capitalismo se trueca en su efecto y se legaliza a través de subterfugios en las democracias, aprovechando la diferencia que existe entre lo que debería ser la democracia y en lo que se convierte a través de la distribución de la riqueza, el control de la mano de obra y los medios de producción. El capitalismo normaliza la avaricia y la soberbia, y también el resto de pecados capitales porque solo somos lo que tenemos y lo que deseamos tener. Como dijo Marcusse, nos reconocemos en las mercancías.