Lo que más me gusta de la Cabalgata de Reyes no son ni los reyes ni los camellos, ni las carrozas ni los camellos, ni la música, ni el alboroto. Lo que más me gusta es la cara de espanto de los niños y el rey negro, que ahora ya no impresiona, porque, afortunadamente, hay negros y negras por todas partes, en las escuelas y sobre todo en las esquinas, pidiendo limosna, para más vergüenza nuestra. 

El espanto, el asombro, la primera locura de la niñez preñada de colores, de luces y alboroto, como la vida misma pero en tecnicolor. Los globos y los caramelos que caen del cielo, las cabras y corderos que llenan las calles de cagarrutas que no abonan ni el asfalto ni los coches. La fantasía e ilusión de un cuento vivo, en la calle, bajo las farolas y con tus padres al lado, que probablemente disfruten más que los hijos del cuento, porque los hijos pequeños son parte del cuento. La felicidad inventada para ser feliz un rato.