Se decía que ciertas pócimas y ungüentos podían enfermar a niños y ganado, arruinar cosechas y abrir la puerta a la magia oscura. Algunos confesaron que, al untarse con ellos, creían volar hasta parajes remotos para servir al maligno. Leandro Fernández de Moratín - bajo el seudónimo de Gines de Posadilla - recogió estas historias en su relato sobre el auto de fe de Logroño de 1610, celebrado los días 7 y 8 de noviembre. Cincuenta y tres acusados, once ejecutados y cinco más condenados mediante efigies o peleles, ya que habían fallecido en las cárceles.

Moratín combatió así contra el Antiguo Régimen y la Inquisición. En su libro dejaba al descubierto cómo unos pocos, armados con túnicas y argumentos tan falaces como inverosímiles, decidían la suerte de muchos. Aquel auto de fe fue uno de los mayores de Europa, una mancha histórica imposible de borrar.

Cuatro siglos después, la escena parece repetirse. Se afirma, como un hecho probado, que “el acusado, o alguien de su entorno inmediato”, realizó los actos descritos. Y pum: de nuevo la condena, la inhabilitación. La misma fórmula nacida ahora en forma de sentencia: unos pocos, armados con togas y los mismos argumentos tan falaces como inverosímiles, decidían la suerte de muchos. Curioso. Una mancha imposible de borrar.