Quisieron los hados que rematara este año fatídico con una visita al Hospital de Navarra, visita que se convirtió en ingreso para observación durante unos días. Lo que al principio consideré una contrariedad, poco después reconocí como una sabia decisión de los facultativos que velan y se desvelan por nuestra salud. Ese desvelo y ese trato cercano con el paciente es perfectamente observable en el Hospital de Navarra en cualquiera de los estratos laborales, ya que todos muestran ser conscientes de la importancia de su trabajo, dirigido a lograr un único objetivo: devolver la salud a los enfermos. En este breve tiempo de internado no solo he sido objeto de observación en pro de la vida propia, sino que también he sido sujeto observador de la complejidad vital del propio hospital, una complejidad ordenada y gobernada por la profesionalidad de los trabajadores, pues saben que cualquier negligencia en cualquier segmento del organigrama puede significar el fracaso del objetivo final, esto es, la salud del enfermo.

Mi observación en estas excepcionales fechas ha viajado virtualmente hasta la cocina del Hospital de Navarra y se ha posado en los trabajadores dedicados a preparar los alimentos para los pacientes, un sector y un trabajo invisibles, tal vez infravalorados, pero cuyas labores hablan por sí solas de la maestría y esmero de sus autores. Unos menús como los que nos ofrecieron en Noche Vieja y Año Nuevo necesariamente han sido elaborados con amor y primor y hablan de la delicadeza y sensibilidad hacia los enfermos. Cada bocado de esos menús era un regalo que se deshacía convertido en un reflejo de gratitud en el cielo de la boca. No habéis estudiado medicina ni tampoco para curas. Pero sabéis curar, ya lo creo, el cuerpo y el alma al mismo tiempo. ¡Felicidades! Defendamos la sanidad pública como la defiende la práctica totalidad de sus trabajadores con su laboriosidad ejemplar.