Isabel (nombre ficticio, navarra de 82 años que reside en la Txantrea) pasó toda su vida trabajando. Primero, limpiando casas; después, adecentaba las habitaciones de los hoteles de la Costa Brava y estuvo durante un tiempo como ayudante de cocina hasta que, finalmente, regresó a su pueblo natal en Navarra y se casó con el que fue su marido. A partir de entonces, se dedicó a los cuidados de su familia –sus padres, sus dos hijas, su marido...– y de la casa. Y, de vez en cuando, hacía alguna que otra “cosica” en otros domicilios. Sin embargo, no cotizó y, cuando llegó el momento de la jubilación –poco después moriría su marido–, tuvo que hacer “encaje de bolillos” para llegar a fin de mes, darle caprichicos a sus nietos y honrar la memoria de su marido en el funeral. “Le decía que no tenía ni para enterrarle... Fue muy duro”, confiesa con la voz algo quebrada al recordar aquel capítulo que ocurrió hace 14 años. Porque aquel momento no solo fue el inicio de un duelo emocional, sino el comienzo de una asfixia económica que puso de manifiesto una realidad silenciada: toda una vida de trabajo que, para el sistema, nunca existió.
Comenzó a trabajar con 14 años en la fábrica de conservas de su pueblo y, desde entonces, fue encadenando diversos trabajos en empresas, casas y establecimientos en los que no cotizaba. “Entonces era así. Y todavía creía que era muy bueno el director del hotel porque nos pagaba las medicinas y nos llevaba al médico”, dice.
Enfrentarse a la vida sola
Después, sus labores se trasladaron al ámbito privado, de manera que se convirtió en la cuidadora de cuatro generaciones –su abuelo, sus padres, sus hijas y su marido–: “Ahora pienso en quién cuidará de mí porque mis hijas trabajan y no pueden. Las cosas ya no son como antes”. Y llegó la muerte repentina de su marido a los 66 años que la dejó “vacía” por dentro y por fuera y con una pensión de viudedad que no le alcanzaba para cubrir la hipoteca, el ascensor –recién instalado–, los gastos del funeral y tener detalles con sus nietas. Porque, de alguna manera, tenía que hacer frente a una vida que, hasta entonces, habían pagado dos, pero ya no podía ser. Y, aunque no fue porque ella quisiera, fueron sus hijas las que tuvieron que sostenerla económicamente durante esos primeros momentos. “Yo lloraba mucho porque, Dios mío, que me tuvieran que ayudar... Eso no es lo común”, reconoce.
Ingeniería doméstica
Ahora, con 82 años, y tras varios años en los que las subidas en las pensiones fueron mínimas –entre 2014 y 2017 el incremento fue del 0,25%–, Isabel cobra una pensión de viudad, que no es mucho para lo que cuesta la vida, pero ella se ve más “holgada” con respecto al pasado, aunque todavía mantiene su mentalidad de “hormiguita. Si va a venir mi familia a casa, gasto más para que tengan. Luego, ya me apaño con lo que sobre. Y lo que queda, se lo doy a los nietos para que tengan la paga de su abuela. Ellos se ven contentos y yo también. No me importa tener menos para darles a ellos”, señala.
A esa mentalidad de hormiguita, le acompaña el recuerdo de los años más ajustados. Como cuando, en tiempos de Rajoy, le subieron la pensión apenas dos euros. “Mandaron una carta para decir que subían dos euros. Casi costaba más eso que la subida que nos hicieron a los pensionistas. Me dieron ganas de tirarles una moneda y decirles que se lo metieran por donde les quepa”, menciona con enfado. Porque no se trataba del incremento, sino de la sensación de burla: mientras las pensiones crecían un 0,25%, ella seguía haciendo malabares con la compra y las facturas. Porque Isabel –que ha trabajado mucho tiempo y ha cuidado a su familia sin figurar en las estadísticas laborales– no pide nada que no sea justo: “Que los políticos miren más por las personas y que no se metan todo al bolsillo. Y que dirijan un poco mejor, pensando en las personas, porque ya vale”, concluye