Acabamos de celebrar la Navidad en un tiempo en el que proclamamos la sostenibilidad como virtud pública, pero practicamos el desperdicio como hábito privado, muchas veces de forma ostensiblemente pública. Se multiplican las luces hasta el exceso, se erigen árboles cada vez más altos como trofeos de vanidad colectiva, se promueven romerías luminosas que congestionan carreteras, aumentan la contaminación del aire e intensifican el consumo de recursos en nombre de una estética efímera. Lo llamamos fiesta, pero muchas veces es solo ruido. Hablamos de ahorro energético y de cuidado de la casa común, mientras iluminamos la incoherencia. La luz, cuando deja de señalar un sentido, deja también de iluminar. Y, no pocas veces, ciega. Tal vez sea necesario volver a apagar las luces para que sea posible volver a ver.
También el arte de dar regalos, donde el valor reside en el significado y en la intención, se ha perdido en el consumismo obsesivo con el que se viven estos días. Se compra en exceso, se regala por ansiedad, se acumula por impulso. Objetos entregados en una noche y olvidados para siempre, como si el afecto necesitara volumen, cantidad y precio para existir. El regalo, que debería ser gesto de afecto, historia y conexión humana, se transforma en una descarga de conciencia o en una forma de dar la nota. Los regalos más valiosos son aquellos que hablan de una historia y que dicen, de forma sincera, que el otro es importante para mí. Y, en ese mismo movimiento de una ansia desmedida, se desperdicia comida. Comida que jamás será consumida, mientras otros, que muchas veces son recordados en este tiempo, continúan sin lo mínimo para una comida digna. El desperdicio alimentario no es solo un error logístico, es una quiebra ética que profundiza el desequilibrio entre pueblos, agota la tierra y normaliza la indiferencia.
Tal vez la Navidad sea, precisamente, el tiempo de hacer silencio interior y preguntar sin rodeos: ¿cómo queremos vivir con aquellos cuyo número de celebraciones futuras va disminuyendo? ¿Cómo queremos vivir cada Navidad que aún nos será dada? ¿Qué futuro estamos preparando y qué legado dejamos a aquellos que decimos amar? Tener es un verbo siempre finito. Ser puede ser un verbo infinito. Si hay verdad, humanidad y ética en las elecciones. Al fin y al cabo, ¿qué es lo más importante en la Navidad? ¿El número de luces? ¿El número de regalos? ¿La cantidad exorbitante de alimentos que jamás serán consumidos? O tal vez la pregunta deba ser otra, y mucho más incómoda. ¿Seré yo luz para los otros, cuando todo lo demás se apaga? Tal vez ahí comience con sentido, aún hoy, el próximo año.