Hay tradiciones que no son simples costumbres, sino auténticos bálsamos para el alma. Una de ellas era la llegada de Sus Majestades los Reyes Magos en helicóptero al Hospital Universitario de Navarra; un momento mágico, organizado por la Policía Foral, que durante años arrancó sonrisas, emoción y esperanza a pacientes que pasan estas fechas lejos de sus casas, luchando contra su enfermedad.

Desde hace tres años, esa imagen tan esperada ya no se repite debido a la negativa del Gobierno de Navarra a autorizar el uso del helicóptero. Los Reyes no llegan por aire porque no se les permite volar. Tristemente, tampoco llega esa ilusión especial que los niños viven con tanta intensidad. Para muchos pequeños, ver aterrizar el helicóptero no era un simple espectáculo: era una prueba de que incluso en una habitación de hospital la magia también podía encontrarles.

Resulta doloroso pensar que una decisión administrativa haya apagado una tradición tan profundamente humana. Gobernar implica normas, prudencia y responsabilidad, pero también sensibilidad, especialmente hacia los enfermos que no piden grandes cosas, solo un instante de alegría, un recuerdo bonito al que aferrarse.

No se trata de un capricho ni una fiesta vacía, sino de una tradición cargada de simbolismo y empatía. Gestos como este tienen un valor incalculable y transmiten un mensaje claro: que la sociedad y sus instituciones no se olvidan de quienes más lo necesitan.

Por eso quiero expresar mi tristeza y mi decepción, con la sincera esperanza de que quienes toman las decisiones reflexionen y hagan todo lo posible para que esa magia vuelva. Hay vuelos que no transportan personas, sino ilusión, y esos vuelos nunca deberían ser cancelados.