Un poco de magnesio
Alex Honnold ha escalado el undécimo edificio más alto del mundo sin cuerdas. Ni siquiera ha colocado un colchón en el suelo previamente ni ha puesto el cubo de agua de los dibujos animados, que no sirven para nada, como las supersticiones, pero como ellas quizá le habrían podido ayudar a concentrarse. Bien sabía que si se cae de lo más alto del edificio y llama por teléfono a los bomberos, mientras está en caída libre para que le cojan en brazos, no van a llegar a tiempo; no quiero ni mentar al Capitán América o a Spiderman, que hace 30 años ya tenían 30 años.
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Se le ha visto subir tan fácil que si no es porque ha salido en todas las televisiones, yo habría pensado que lo habían hecho desde la inteligencia artificial y ese nombre ni existiría. Claro que si lo miras sin el morbo del alpinismo, cumplir 67 años puede que sea equivalente a subir más que esos 508 metros verticales. Ya se sabe que todo es relativo: puede hacer cuatro grados en los termómetros y que la sensación térmica sea la de -2, por ejemplo. Porque nosotros, los jubilados, tampoco utilizamos ese cable que llaman línea de vida y como mucho nos ponemos el cinturón del coche y, sin embargo, llegamos a la altura suficiente para mirar el mundo tal y como lo vemos y no como nos lo han contado.
Hemos visto de niños cómo los americanos nos daban (dar es como decir cuatro grados y que nos sienten en el cuerpo como a menos dos) la leche en polvo que no querían ellos y que iba a caducar, porque nos ayudaría a ser más altos y nos hemos quedado con el mismo tamaño. Lo único bueno fue que nos creció el asombro. Vinieron con su dólar a reconstruir Europa, pero con un dólar trucado a 35 dólares la onza y para siempre, como los contratos antiguos de Movistar que después te decían que siempre como la vida eterna, solo dura un rato y coló porque esa frase ya la había dicho antes Fito.
A cambio, se llevaron a los ingenieros alemanes para que les ayudasen a subir a la luna y lo hicieron, a pelo, como Alex Honnold, solo con un poco de magnesio en los bolsillos para que no les sudasen las manos ni les temblasen las piernas y menos aún la voz.