Hace dieciocho años escribíamos desde el dolor reciente, desde la herida abierta y el amor urgente de unas horas que se nos quedaron grabadas para siempre. Hoy escribimos desde otro lugar: el del tiempo vivido, el del amor que ha crecido, el de la serenidad que sólo dan los años.
Nos dijeron que no viviría. Nos hablaron de límites y de finales anticipados. Pero nadie nos habló de todo lo que sí iba a permanecer. Nadie nos dijo que el amor no entiende de diagnósticos, que no se mide en horas, que no desaparece con la ausencia.
Aquellos meses fueron difíciles, sí. Fueron noches de incertidumbre, de lágrimas silenciosas y de preguntas sin respuesta. Pero también fueron meses de una intensidad que no hemos vuelto a vivir de la misma manera. Aprendimos a valorar cada instante, cada latido, cada movimiento. Aprendimos que amar es estar, incluso cuando el tiempo es breve.
María nació el 25 de febrero y vivió apenas dos horas en nuestros brazos. Dos horas que hoy, dieciocho años después, siguen iluminando nuestra vida. Con el paso del tiempo, el dolor se ha transformado. No ha desaparecido -porque el amor verdadero nunca desaparece-, pero se ha vuelto más hondo, más sereno, más maduro.
Hemos aprendido a convivir con su ausencia física y con su presencia constante. Porque María está. Está en nuestra manera de mirar la vida, en la profundidad con la que abrazamos a nuestros hijos, en la conciencia de que cada día es un regalo. Está en nuestra capacidad de amar sin condiciones y sin garantías.
Se cumplen dieciocho años de aquella alegría intensa y frágil. Y podemos decir, con paz en el corazón, que su paso breve por nuestra vida nos cambió para siempre.
Porque hay presencias que no se ven, pero sostienen toda una vida.