Pan, aceite y humo verde
El domingo acudí al Día de la Tostada. No por costumbrismo, sino por el porvenir de nuestro oro líquido, Mendia, que nace de nuestra tierra y del trabajo compartido. Lo vivido se queda muy grande para llamarlo protesta, fue una coreografía de afectos en movimiento: indignación que no se arrodilla, memoria organizada y pertenencia que pone el cuerpo. En Arróniz, donde más de la mitad del pueblo ha firmado contra la planta de biometano, se desplegó política de calle, de gente que no se chupa el dedo: rebelde, insurgente, comunitaria, serena, festiva y peligrosamente lúcida.
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Nos encontramos con otras plataformas porque esto sigue un patrón bien conocido: Rada, Sesma, Viana… la misma cantinela envuelta en papel verde fluorescente. Una tarjeta para unos pocos, al estilo Moleón.
Chistorra de Arróniz, tortillas, pastas del molinero, vino compartido y abrazos que eran mucho más que ternura: convocaban, invocaban, articulaban, bailaban, cantaban y sostenían.
Escuchamos el manifiesto de Stop Biometano con la voz en alto y la memoria bien despierta. Luego, la foto colectiva y la llegada de los joaldunak. El estruendo de los zampantzares no era folclore: era memoria sacudiendo conciencias. La gente preguntaba, se informaba, se llevaba papeles. El pueblo siente, piensa y se organiza. Después, la estampa caricaturesca: la banda junto al alcalde, erguido como un espantapájaros con banda sonora, luciendo el mismo traje rancio de siempre y campante pese al guiso oscuro de este plato: datos escondidos, implantaciones en diferido, vecinos y vecinas insultados y tratados como si estorbaran. Y, de pronto, la aparición estelar de la popstar María Chivite. Sin tiempo para mezclarse con el vecindario, pero sí con tiempo para comer en nuestra bodega, a puerta cerrada y a mesa pagada por las sopiconas y los sopicones.
Y lo digo con lágrimas sinceras en los ojos, no como las de la superestrella en Belate: Arróniz es orgullo, herencia de olivares y también trinchera. Gracias, y a por todas.