Hace unos días, mientras scrolleaba en Instagram, me apareció el mapa de la Carpa Universitaria del viernes 27 de marzo. Con la curiosidad habitual de un universitario navarro que, por supuesto, voy, pude observar la distribución de todos los servicios preparados. Escenario, barras, zonas de descanso… todo en su sitio. También el punto violeta y Cruz Roja, que realizan una gran labor. Y, a continuación, ¡el puesto de vapers! Sí, sí, has leído bien, ¡puesto de vapers! Reconozco que yo tuve que leerlo dos veces. El Instituto de Salud Pública y Laboral de Navarra ya lo deja claro: el 48,5% de los jóvenes navarros de 18 años ya han vapeado alguna vez.

No me asusta que la gente vapee, a estas alturas ya forma parte del paisaje universitario. Lo que me dejó ojiplático fue que, con este mapa, estamos integrando el vapeo en el evento hasta el punto de poder ocupar un lugar oficial en el plano, con la misma naturalidad que un servicio de atención sanitaria o un espacio de protección. Como si, entre bocadillos y conciertos, también hubiera que ubicar con precisión dónde engancharse a la siguiente calada. Y ahí es donde el problema deja de ser individual y pasa a ser algo cultural. Cuando un hábito dañino no solo se tolera, sino que se ubica y se incluye en el plano como un servicio más, deja de parecer algo cuestionable y se legitima. Se vuelve parte del decorado, algo asumido, casi esperado.

Si bien es cierto que nadie te obliga a nada, todos sabemos reconocer qué gestos y hábitos te colocan dentro o fuera del grupo. El vapeo, en ese sentido, ha dejado de ser solo una decisión individual para convertirse en un ritual de socialización. Alguien saca uno, otro pide una calada, se comparte, se comenta el sabor… y sin darte cuenta ya no es solo nicotina, es pertenencia. Lo mismo pasa con el alcohol. En el fondo, no va tanto de vapear, o de beber, como de no ser el único que no lo hace. Y así, entre risas y nubes de humo con sabor a mango, lo que parecía una elección personal acaba funcionando como un pase VIP forzado para encajar en el grupo.

Quizá esto solo sea un plano informativo. O quizá sea algo más: un pequeño reflejo de hasta qué punto hemos empezado a normalizar e integrar ciertas conductas de riesgo. Y ahí es donde, como universitario, me cuesta no preguntarme en qué momento dejamos de cuestionar ciertas situaciones simplemente porque son habituales, lo rápido que las asumimos, sin generar apenas debate. Hoy me siento obligado a apelar a quienes organizan el evento, porque esto no es algo casual. Alguien ha decidido que el vapeo tenga su sitio, su visibilidad, probablemente, motivados por su rentabilidad. ¿Todo vale con tal de sacar beneficio económico? Si la línea va a ser siempre esa, ¿qué será lo siguiente? ¿Una ruleta detrás del escenario?