El Atlántico ida y vuelta. 10.000 millas en 100 días “cuando lo habitual para una aventura de este tipo suele ser alrededor de seis meses”, explican Joseba Altuna, enólogo tudelano de 64 años, y Ramón Zoraquiain, empresario de Burlada de 54 años. Los dos se han embarcado en esta travesía. Pero no han estado solos. “Entre Lanzarote y Martinica nos acompañó Ramiro Carbajo, de Valladolid, 58 años, también enólogo. Y en el regreso desde Guadalupe hasta Zumaia contamos con Ander Zabala, de Elgoibar, 45 años, marino y propietario de la academia náutica 12 Millas”, explican desde alta mar.
Joseba y Ramón se conocieron hace dos décadas estudiando para capitán de yate. Desde entonces han compartido muchas navegaciones. Joseba lleva más de 20 años con el Urola, la embarcación con la que realizan la aventura, y ha navegado por el Cantábrico, costas bretona y gallega. Su travesía más larga había sido hasta Azores.
Ramón comenzó en barcos de alquiler en Baleares y ha navegado más de 12 años por aguas de Grecia y Turquía. Además, ambos han realizado traslados de barcos por la península hasta Baleares. La afición de Ramón por el mar empezó de niño gracias a un tío suyo, Germi, que tuvo un pequeño velero en la bahía de Txingudi. Le llevó a navegar un par de veces y aquello le marcó para siempre. Joseba descubrió la navegación en Cádiz y también tuvo un flechazo.
La idea de su primera gran travesía oceánica “fue surgiendo poco a poco durante muchas navegaciones. Siempre aparecía el tema”. Ramón animó a Joseba y el proyecto cuajó gracias al apoyo de Pilar, pareja de Joseba, que siempre le animó a cumplir antes de jubilarse ese sueño. Las parejas de los dos, Pilar y Arantza, “apoyo incondicional desde el principio”, viajaron además hasta el Caribe para visitarles.
Para cualquier navegante, dicen, “cruzar el Atlántico es un reto imprescindible. Además, todos tuvimos que reorganizar nuestra vida laboral y pedir tiempo, así que decidimos realizar la travesía de la manera más rápida. La ida bajando a Canarias para aprovechar los vientos alisios rumbo al Caribe. Y vuelta “vía Azores y Atlántico Norte hasta Zumaia”. En ello están.
Los preparativos
Fueron “unos dos meses intensos”, de preparativos, “aunque Joseba llevaba más de diez años preparando la aventura casi sin saberlo, mejorando poco a poco el Urola con sistemas y equipamiento que hacen posible una travesía así”. Lo más importante ha sido tener el barco listo. “En mitad del Atlántico no puedes depender de nadie, llevamos repuestos de todo, herramientas y muchísimo material para ser autosuficientes”.
También ha sido “clave” la logística de comida, agua y combustible. 80 litros de agua embotellada –y dos depósitos de 200 litros– y 400 litros de diésel. “Para comer combinamos alimentos frescos con conservas, embutido y verduras. Además, hemos tenido muchísima suerte con la pesca”. Entre Canarias y Martinica pescaron dorados, atunes y pez limón. “Y durante el regreso llevamos ya siete capturas: pequeños peces limón, un pez limón grande, un túnido y un gran atún de unos 30 o 40 kilos. Al capturarlo decidimos recoger las cañas, ya tenemos proteína para terminar la travesía. Con ese atún hemos preparado conserva embotada, ceviche, tataki y pescado a la plancha”.
El reto
La travesía ha tenido momentos muy exigentes. “La salida del Cantábrico en invierno fue especialmente complicada por las numerosas borrascas. Entre Peniche y Lanzarote también fue muy duro, con mala mar, vientos sostenidos de más de 35 nudos y rachas de hasta 45”. El cruce atlántico hasta Martinica fue diferente: navegación constante de popa aprovechando los alisios, “exigente físicamente por el movimiento continuo del barco, pero muy agradecida”.
La parte más complicada “está siendo el regreso desde Guadalupe hasta Zumaia pasando por Azores. Lo comparamos con subir una montaña y todavía tener que volver. Influyen las borrascas del Atlántico Norte, las encalmadas y las enormes distancias. El Urola tiene autonomía para unas 700 millas a motor, y hablamos de más de 3.000 millas”. Un tramo en el que “está siendo fundamental la ayuda de Ander Zabala y toda su experiencia profesional”.
En cualquier caso, “la ilusión siempre ha sido mucho más grande que el miedo. No hemos sentido miedo real, aunque sí muchísimo respeto al mar y a situaciones muy intensas con olas de 4 y 5 metros y vientos muy fuertes”.
Olas y viento al margen, “cuando estás tantos días en medio del mar sin distracciones, también acabas mirando hacia dentro. Y a veces ves cosas que escuecen, cosas que te obligan a reflexionar y a intentar mejorar como persona. Estas experiencias también sirven para conocerte mejor”, dice Ramón.
Los dos consideran que “esta aventura transmite una idea importante: nunca es tarde para perseguir un sueño. Nosotros llevábamos muchos años imaginando este viaje. Ojalá sirva para animar a la gente a creer más en las cosas que realmente le apasionan, pelear por ellas y atreverse a cumplirlas”.