Recientemente, el señor Monreal calificaba de frívolas las protestas en diversos barrios de Iruña, acusándo a los vecindarios de defender “menos casas y buenas vistas”, para concluir que, por mucho que nos empeñemos, la solución a la vivienda pasa inevitablemente por construir hacia arriba.

Hacer ciudad no es solo levantar edificios: es prever los servicios que los sostendrán, garantizar espacios públicos habitables y organizar la vida cotidiana de quienes viven, transitan o trabajan en ellos. Construir urbanismo es preguntarse a quién beneficia cada proyecto y bajo qué condiciones de salud, convivencia y bienestar se desarrollará.

Apostar por la densificación sin asegurar previamente equipamientos, movilidad, impacto ambiental o cohesión social es reincidir en errores del pasado. Los ejemplos abundan: el hartazgo en Erripagaña ante la carencia de dotaciones; la oposición del Ensanche a un parking bajo su plaza más emblemática; o la sombra de las torres de Salesianos, proyecto difícil de entender; como tampoco entienden las y los vecinos de Arrosadia la previsión de edificar ocho torres de gran altura frente a la UPNA, que no resolverán la crisis de vivienda pero que permanecerán para siempre en el barrio.

La necesidad de vivienda es indiscutible, pero exige estrategias complejas y creativas que superen el cortoplacismo del ladrillo. Los barrios son para ser vividos, no sufridos. La oposición vecinal no es a edificar per se, sino a un modelo de alta densidad sin planificación integral. Quienes protestan defienden, con argumentos razonados, un urbanismo más equilibrado, humano y atento a las necesidades cotidianas de quienes habitamos esta ciudad.

*Departamento de Sociología y Trabajo Social de la UPNA