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Cuadrando el círculo

la primera persona de la que me acordé cuando el anuncio del alto el fuego de los tiempos de Lizarra fue mi padre, que se había ido sin ver lo que, antes incluso de la muerte de Franco, le pareció lo peor que le había ocurrido al pueblo vasco desde la guerra civil. Cuando la tregua del 2006, en cambio, mi primer pensamiento fue para mis hijos, a los que creí que podría ver convertirse en adultos en un mundo liberado de la rémora de la violencia política. El domingo, simplemente, me pareció demasiado poco y demasiado tarde. Y es que a mí, como a otros muchos, el tema me pilla de vuelta. Dicen que a la tercera va la vencida, pero tenemos especialistas -no sólo en ETA ni en la izquierda abertzale- en tropezar una y otra vez en la misma piedra. Dicho esto, vamos a ser positivos. Quiero pensar que representaciones como la de anteayer no constituyen más que la escenificación de un proceso del que sólo aparece la punta del iceberg, con más actores y cómplices de lo que a simple vista parece. Visto así, la horrible parafernalia de banderas y capuchas no constituiría más que el atrezzo de un guión ya diseñado, con su perfecta correspondencia en los gestos hoscos y los tonos duros de algunas reacciones. No nos engañemos. El final de la Organización sólo va a poder darse en un contexto en el que sus simpatizantes estimen que su derrota no es completa, al mismo tiempo que el grueso de la opinión pública española esté convencida de que su victoria ha sido total. Es una moto complicada de vender, pero unos y otros van a acabar intentando cuadrar ese círculo. Por lo demás, euforias pocas. El día en que ETA cierre efectivamente la tienda mejorará la vida de bastante gente que, a un lado y otro, sufre las consecuencias de su existencia. La vida política también cambiará, sin duda. Pero no nos pasemos en las sobreactuaciones. La herencia podrida de la violencia nos va a seguir pesando durante muchos años.