En algún momento de nuestras vidas todos ejercemos de personajes secundarios. Incluso mediocres. Lo grave es no reconocernos como tales. Le pasa a Feijóo, que se cree Antonio Maura, pero su incapacidad retórica le lleva al insulto y el aullido. El otro día, Sánchez quiso quemar sus trapos sucios en el Congreso tratando de desactivar el modo suspensión moral de la realidad. Allí estaba Feijóo esperando un duelo al sol. Al oírle pensé que este hombre solo es feliz cuando alcanza el grado cero de lucidez. Entonces, busqué analogías literarias. Porque entre la realidad y la mentira está la literatura
Las novelas de Dickens están llenas de tipos como él. Uriah Heep, en David Copperfield, posee un lenguaje plagado de fórmulas repetitivas y sustituye la verdadera modestia por la ambición y el resentimiento. Mr. Bumble, en Oliver Twist, es un burócrata arrogante de poca monta que usa más su uniforme que en su cabeza. Thomas Gradgrind, en Tiempos difíciles, representa una forma de comunicación seca, repetitiva y desprovista de imaginación.
Pero quizá sea Homais, de Madame Bovary, el personaje creado por Flaubert quien mejor define el lado más patético de Feijóo. Homais cree tener respuesta para todo, abusa de los lugares comunes y acaba prosperando no por sus méritos, sino porque su entorno recompensa su mediocridad perseverante. Como nuestro personaje, que acumula un repertorio de ideas que repite porque carece de argumento propio. Alguien que se irrita cuando se le exige profundidad y cuya valentía oral termina donde empieza el riesgo intelectual. El drama de Feijóo no es que fracase por exceso de ambición, sino por defecto de imaginación.
Así es él, un secundario de Abascal que aspira a presidente y que llama indecentes a los socios de gobierno mientras su partido acumula 30 casos de corrupción a la espera de varias sentencias. Y no, tampoco me fio del PSOE ni apostaré al rojo por su presunción de inocencia.