Hace días murió Xabier Lete. Me gustaban muchísimo sus versos y menos sus canciones. Era un pensador sensato cuyas palabras no vestían de domingo ni albergaban luciérnagas: más bien arrastraban la sombra gris y terca del sentido común. Descanse en paz. Se nos ha ido una voz necesaria por cabal y clarividente.

Hemos leído y oído que toda Euskadi lloró su pérdida, que Euskal Herria entera estaba de luto y que este pueblo se acostó con una noticia que le rompió el corazón. Nos ha faltado contratar plañideras para dar empaque al teatro. Y es que gran parte de Euskadi, de Euskal Herria y de este pueblo no tenía ni idea de quién era Xabier Lete, con lo que difícilmente podía llorar y estar de luto tras su muerte. No lo constato con alegría ni cinismo, sino con tristeza y realismo.

Hemos levantado una gigantesca farsa lingüística en la cual olvidamos que a la mayoría castellanohablante -no digamos la francófona- le da bastante igual la cultura euskaldún, ni la ama ni la odia. En la práctica, más allá de lo simbólico y presupuestario, la ignora. A veces muestra -reparen en el verbo- interés en ella por motivos ideológicos o identitarios, pero de hecho no lo tiene salvo en casos muy concretos.

Esta tierra, llámese como se llame, no se divide entre vasquistas promotores del euskara y españolistas que lo aborrecen. También hay infinitos ciudadanos sin suficientes razones para aprenderlo ni rechazarlo. ¿Cuánta gente conocía, aun de oídas, a Xabier Lete? Salgan a la calle, recorran el país real, escrito con minúscula, pregunten en discotecas, mercadillos, estaciones de tren, campos de fútbol, y sabrán la respuesta. Toda Euskadi, Euskal Herria entera, este pueblo, hemos leído y oído. Y de ese modo se construye una nación, con ladrillos de marihuana y vigas de peyote. Luego despertamos y el dinosaurio sigue ahí: ¿mola Bisbal o Bustamante? ¿Pérez Reverte o Larreko y Manezaundi?