Antes les tenía envidia. Ahora no. Miren, ahora me dan miedo. Por los tiempos que corren, más que nada. Los que lo tienen todo claro te juzgan y te condenan en un abrir y cerrar de ojos. Y se quedan tan anchos. Huyo de esa gente. Lo malo es que me da la impresión de que últimamente proliferan. Lo hacen siempre en los malos momentos. Los dogmáticos. Los intransigentes. Los cargados de razón. Vuelvo a citar aquello de Ferlosio: "Vendrán más años malos y nos harán más ciegos". Disculpen el tono atrabiliario, pero no soporto el énfasis mediático con que se está abordando la llamada Operación galgo contra el dopaje en el deporte. Siempre me ha parecido un tema muy vidrioso. Y muy difícil de abordar en su verdadera complejidad. Sobre todo por un par de cuestiones. La primera es que, como siempre, como en todo, unos pagan y otros no. Así de claro. Me estoy acordando de Contador por ser el último. Todos recordamos su gesto compungido. Parecía que no podía creerse que le hubiera tocado a él. Y sólo a él. Inaudito. Parecía que pensaba: ¿Por qué ahora sí y antes no? O, ¿por qué a los demás nadie les dice nada? Ahí subyace la sospecha (enorme, por cierto), de una arbitrariedad tan deplorable como fácil de soslayar. Y en segundo lugar, está el asunto de la hipocresía social. Ya saben, la vieja y entrañable doble moral de toda la vida. ¿Hacemos controles antidoping a los artistas que ganan premios? ¿A los políticos elegidos por el pueblo? ¿A los brokers que manipulan los mercados? ¿A los estudiantes que se presentan a un examen? ¿A los que se presentan a las oposiciones para jueces y fiscales del Estado (o a cualquier otro tipo de oposiciones)? ¿Y luego qué? ¿Les exigimos que devuelvan su escaño? ¿O su título de licenciado? ¿O su plaza de funcionario? ¡Ay, ay, ay! Porque, además, ¿qué es doping? ¿La codeína da positivo? ¿El valium y todo eso, son drogas? ¿Y el café? ¿Quién decide los límites? No lo tengo nada claro, ya digo. De hecho, ¿hay alguien que no se dope en estos tiempos? Es perverso ir de ingenuo, eso es lo que creo. El ingenuo intransigente, qué miedo. Me voy a tomar una cerveza.
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