Ya siento ser así, pero la única vez que vi a Enrique Morente terminé con la cabeza como una hormigonera, deseando salir por piernas de Benicassim a la velocidad de un atleta cualquiera medicado por Eufemiano Fuentes. Claro que no iba yo a escuchar a Morente si no al que iba antes que él en el festival, un tal Leonard Cohen, y como Cohen te sienta en el cielo en cuanto abre la boca fue salir Morente y me caí de una altura considerable. Y de ahí la jaqueca. Luego también está el hecho de que Morente tocaba con los Lagartija Nick, que hacían un ruido de mil pelotas con las guitarras distorsionadas y todo eso de la fusión y tal, que al parecer en sí mismo es ya bueno, fusionar algo. También hay que tener en cuenta mi analfabetismo musical, que me impide disfrutar al 100% de lo nuevo más allá de las seis o siete cosas que conforman mi banda sonora desde hace 25 años. El caso es que mi recuerdo de Morente es ése, ahora que le salen seguidores de debajo de las piedras. Es curioso este país, ya que he leído que, salvo de uno de sus discos, en concreto Omega, de ninguno vendió más de 50.000 copias, algo que, para ser tan amado y tan venerado desde Rosas a Barbate como ahora nos están vendiendo, es una cifra irrisoria para alguien -no lo pongo en duda- tan genial e importante en la historia del flamenco. Supongo que es porque en este país la gente escucha música pero no la compra, aunque también me da que lo que nos va mucho es no hacer ni jodido caso al personal y en cuanto se muere lanzarnos como plañideras a soltar las loas de turno. No digo que Morente no las merezca, seguro que en lo suyo era un genio -aparte de parecerse mucho a Van Morrison físicamente, un punto a su favor-, pero me han dado que pensar esas cifras de ventas tan bajas. Un país muy raro, la verdad.

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