Quizás usted recuerde los japos lanzados hacia Cataluña cuando se propuso el uso del dominio .cat en internet. O los recibidos aquí al conocerse que se intentaría lo mismo con la marca .eus. Lo mínimo que se dijo es que los aldeanos ocupaban la red. Lo máximo, que se empieza con un porrito de raíces y se acaba con una sobredosis de amonal. Para ser moderno había que apoyar el universal .com o, ya en casa, el neutro y nada identitario .es . Www. Ciudadanodelmundo.es. Y un wwwebo, punto y aparte.

Hemos sabido que en Galicia, León y Canarias ya aspiran a obtener su dominio, que en Valencia y Madrid también, y que incluso en Nueva York, París y Berlín, mecas del nomadismo, sueñan con poseer su muy idiosincrásica señal. Al parecer la tendencia es que cada barrio, acera ideológica y opción sexual disponga de su punto y rabito en internet. Así que tomen nota, alcaldes y virreyes: a lucir ombligo.com. El onanismo suele ser enfermedad del prójimo. Antaño se prohibía la ikurriña - ¡ni por encima de mi cadáver!-, y con el tiempo La Rioja y Extremadura inventaron hermosas banderas. Ocurrió algo similar con las autonomías, y ahora el noble pueblo murciano tiene su murcianísimo gobierno ¡enhorabuena! ¿Las televisiones locales? ETB se creó a escondidas, y hoy toda taifa disfruta o sufre de la suya. Y han surgido himnos autonómicos que mañana llamarán históricos, y se han alzado a la categoría de signos colectivos costumbres tan respetables como comarcales. Puestos a adorar espejos, algún que otro poder ha convertido un mero sufijo diminutivo en un blasón de autenticidad. No se me enfaden, pongamos que hablo de Asturias y Cantabria.

Duele un poco que a los pioneros, errados o no, en la transición o en internet, les caigan siempre los mamporros. Y duele más que sean precisamente los mamporreros quienes se aprovechen luego del camino abierto por aquellos. Tanto criticar la viga ajena y no ven la paja propia.