me he encontrado estos días con gente que me preguntaba si estaba bien, o a qué venía tal pregunta que había hecho, qué iba a hacer al respecto de aquello, o por qué callaba cómplice ante tal desmán o despotricaba por el contrario ante una nadería. Suelo pensar que la gente que te rodea sabe más que tú, y que tiene razón a pesar de todo. Así que, finalizando el adviento, rindiéndome ante Sol Invicto y el solsticio de invierno, hago pública renuncia (al menos por unas semanas) de mi espíritu crítico. Así que, alegre, abrazo desde ahora mismo los mejores deseos expresados en los anuncios de las mismas compañías que nos van a cobrar un 10% más dentro de dos semanas. Me sumo a la convocatoria pública de bondad y felicidad que hacen esos sujetos que el resto del año nos sacan la sangre por la noche, quiero decir, almacenan el dinero y hacen sus especulaciones, en la confianza de que si la pifian siempre van a tener detrás el aval del Estado. Me sumo a la sobredosis de dulzor cayendo en forma de nevada plácida sobre una ciudad que esconde las viviendas que han robado a quienes las compraron a un precio increíblemente absurdo con la tasación cómplice de quien les exige la deuda. Me compadezco de esos pobres que empiezan a ser tantos que ni siquiera invitando a uno a nuestra mesa (aquellos tiempos de caridad tan nacionalcatólica) podríamos acomodar. Mando saludos solidarios a los inmigrantes a pesar de que la representación democrática de los políticos europeos pretende convertirlos en esclavos por ley, con los mismos derechos y retribuciones que en sus países de origen, es decir, una mierda.

Y yo que iba a hablar de que este es un año esplendoroso en el que la ciencia está comprendiendo mejor el mundo y empezando a crear ordenadores cuánticos que medirán mejor el mercado y calibrarán mejor el riesgo de la deuda de un país soberano que baja la testuz más humillado que bello, como dijo Miguel Hernández. O de que en Navidad aún queda la esperanza. Pero nada: estamos de renuncia.