el otro día un amigo se preguntaba en voz alta por qué estos días echamos más de menos a quien falta. En casa, la pérdida de una amiga mostraba de forma patente cómo la muerte duele más en navidades. Aventuraba que somos capaces de crearnos un clima en el que esto tiene que ser así. Y nos lo creemos: llevamos toda la vida hablando de esos sentimientos navideños, sirven de marchamo y excusa para los anuncios y sus ventas y hasta cambiamos nuestro quehacer diario para propiciar esa reunión, esa querencia de los tuyos. Todo gira alrededor de esos sentimientos, así que luego no nos debería extrañar que cuando falla cualquier cosa en ese mecanismo de precisión, duele. Más que en otras épocas. Igual no, igual ese dolor es genuino, y no cambia con la estación. Solo que en estos días nos damos cuenta de cómo resultan disonantes en un mundo que edulcoramos con nuestros mejores deseos.
El otro día escuchaba que los aeropuertos del Reino Unido, de Alemania o Francia andaban colapsados por la nieve, que miles de personas estaban ahí sin poder moverse, sin llegar a reunirse con esas familias. Doliéndose así de su situación. Para colmo, ni siquiera podían echarle la culpa a los controladores aéreos, porque todos miraban al cielo y las previsiones meteorológicas. Me resultaba curioso, porque una ola de frío en media Europa no es precisamente algo extraño en diciembre. ¿Nunca había pasado algo así? En los últimos años se han privatizado los aeropuertos, y las plantillas se han reducido, se han externalizado los trabajos, se fueron eliminando trabajadores (a los que antes se les había acusado de ser haraganes deseosos de estafar al erario, es el paso previo y fundamental en este proceso neoliberal para vender todo más barato a los amigos) y luego llega una emergencia y... tenemos el colapso. Llegado el caso se quejarán del gobierno, como siempre. No nos solemos preguntar por qué esos mismos días Noruega, Finlandia y otros países que siguen apostando por los servicios públicos no tuvieron que cerrar por una invasión completamente habitual de la nieve, en diciembre.
Ah, no se preocupen, yo tampoco tengo una moraleja.