UPN tiene razón. En el abertzalismo navarro, en el momento de la verdad, las grandes decisiones que le conciernen acaban tomándose en un despacho vizcaíno o en un caserío guipuzcoano. Hasta en el partido más navarro de ese espectro, los aires de la CAV acaban condicionando indefectiblemente lo que hace aquí. Y así les va. En 1985, la dirección del PNV, que acababa de llegar a un acuerdo con el PP vasco sobre la alcaldía bilbaína, ordena a su regional navarra que, a cambio, cometa el suicidio político de votar al candidato de UPN a la presidencia del Gobierno foral. La negativa de los jelkides navarros a acatar las órdenes de Bilbao trajo consigo la disolución del partido en esta provincia. Meses más tarde, el grueso de esa afiliación expulsada pasó a engrosar lo que hoy es Eusko Alkartasuna. 25 años después, la historia se repite, aunque con nombres diferentes. Es la dirección de EA la que ha suscrito ahora un pacto con la izquierda aber-tzale, en aplicación del cual vetan a Uxue Barkos, candidata propuesta por la organización local del partido para encabezar la lista de Nafarroa Bai al Ayuntamiento de Pamplona y principal activo político de la coalición. Hace un cuarto de siglo la cosa no coló. UPN se quedó sin su presidencia. Ahora todo es posible, incluso que la cabeza de cartel de NaBai al Consistorio pamplonés sea decidida por gentes ajenas a Navarra o a la coalición, dado el grado de simbiosis existente entre las direcciones de EA y de la izquierda abertzale ilegalizada. La noticia ha sido acogida con alborozo por el resto de los partidos, UPN y PSN sobre todo. Mientras, en otros predios las reacciones van desde la desolación en los afiliados de EA, quienes sin embargo parece que van a tragar también con esto, al estupor y el hastío en el votante sin carnet de Nafarroa Bai, cada vez más alucinado con todo lo que está sucediendo en esa coalición en la que un día lejano, cada vez más lejano, depositó sus esperanzas.