Pues menos mal que no hay piper-potes en nuestra capital. Cualquier paseo por el centro de la ciudad te da un mínimo de una -a veces dos- por cada edificio oficial, en un cogollico en el que no puedes andar cien metros sin encontrarte con alguno. Los promotores del escrito Queremos una bandera de España en Pamplona o tienen problemas oculares, o pondrían de rojo y gualda hasta las toallas de los bidés. Esa dosis complementaria de españolidad que, al parecer, necesita esta ciudad casa mal con la doctrina oficial al respecto, que nos supone a todos los navarros meando colonia por pertenecer a la gran nación española. El asunto debe ser importante, porque las juventudes de ese PP a quien sólo interesan los problemas reales de los ciudadanos han acogido la idea con patriótico entusiasmo, hasta el punto de pedir al Ayuntamiento que se pronuncie al respecto. UPN y CDN han dicho ya que estudiarán el tema "con cariño", o sea que a lo mejor acabamos teniendo banderazo. Piden también los jóvenes gavioteros que se repare una ausencia imperdonable en nuestro callejero cambiando el nombre de Conde Rodezno por el de plaza de España. Si fuera mal pensado pensaría que los promotores pretenden impedir que el controvertido lugar se llame algún día de alguna forma que perjudique las meninges de los nietos de los vencedores de la guerra -qué sé yo. Plaza de la Fuga del Fuerte de Ezkaba, por ejemplo- en la seguridad de que el PSN no va a tener nunca ganas y/o cojones para oponerse. Es lo que tiene huir de las obsesiones identitarias. La verdad es que mejor escenario para tal nombre y tal trapo no va a haber en Pamplona. Si la cosa fructifica, yo que Barcina aprovecharía para desquitarme del parón del Museo de los Sanfermines instalando en los Caídos un parque temático del españolismo, con el chunda-chunda de megafonía 24 horas al día. Los promotores de la idea, que hagan de figurantes vestidos de Agustinas de Aragón, falangistas y banderilleros. Ya les echaremos cacahuetes.