estética obliga. Después de decenios predicando las virtudes de nuestro sistema sociopolítico, resultaría poco presentable oponerse ahora a los nuevos movimientos democratizadores del mundo árabe. Casi hasta divierte la incomodidad e incluso el miedo cerval con el que los mandatarios occidentales están asistiendo a los levantamientos populares que, uno por uno, están derribando los regímenes autocráticos del Magreb y Medio Oriente. Disimulan muy mal que preferían la situación anterior, de gobiernos con mano de hierro, que esquilman y encarcelan a sus súbditos, pero que aseguran las materias primas y la estabilidad que ansía Occidente. Cualquier cosa, antes que las incógnitas de una libertad conseguida con tanta sangre. Sobre todo cuando la cosa se acerca tan peligrosamente. La diplomacia española, por boca de la ministra Trinidad Jiménez, lo está dejando muy claro. Para España la raya roja es Marruecos. La titular de Asuntos Exteriores, insistía ayer en marcar diferencias entre lo que está ocurriendo en nuestro patio trasero y los sucesos de otros países norteafricanos. Que Rabat no es Trípoli ni El Cairo, y que ahí no manda un tirano. Que el país alauita hace tiempo que inició las reformas y que hay elecciones libres. Se le olvidó a nuestra ministra que, con reformas o sin ellas, el nivel de desamparo económico y social de un marroquí es totalmente equiparable al de un egipcio o un tunecino. Mientras, el rey Mohamed VI es dueño de la cuarta parte del total de los recursos económicos de un país en el que nada ocurre sin su consentimiento. Una prensa amordazada, una Policía represiva y torturadora y una corrupción generalizada cierran el círculo en ese Marruecos de "normalidad democrática", que decía ayer Jiménez. El Gobierno socialista lleva años sacándole la cara a Mohamed VI, y no solamente en el tema del Sáhara. Nuestros votos protegen monstruos más allá del Estrecho.
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