La semana pasada UPN fue el único partido que se opuso, en el Parlamento Foral, a una declaración institucional de apoyo al euskera, con motivo del Día Internacional de las Lenguas Maternas declarado por la Unesco. Que UPN no tiene la menor intención de "trabajar para que el euskera mejore la situación en la que se encuentra", como reza el texto aprobado por la Junta de Portavoces de la cámara, es algo que avala una acreditada carrera de varias décadas de fobia antieuskaldun rancia y casposa. Sorprende, sí, un poco lo poco que se preocupa últimamente por ocultarla o edulcorarla. En materia lingüística hace ya tiempo que en este partido los que imparten doctrina son los más hooligans del equipo. Ahí tenemos a Catalán, míster quiero-ser-princesa, sin más méritos conocidos para ser consejero de Educación del Gobierno de Navarra que su probada y pertinaz inquina al vasco y a lo vasco. O el portavoz García Adanero, un macarra del parlamentarismo para el que la aprobación de una ley que declarara al euskera lengua oficial en toda la Comunidad Foral "supondría echar a los castellanohablantes de Navarra". Esta gente de UPN recuerda cada día más a esos líderes blancos de los estados americanos de Mississipi o Alabama, quienes, en los últimos 50 y primeros 60 del siglo XX, cuando los negros pedían poder sentarse en los autobuses en el mismo lugar que sus rubios y pálidos compatriotas, respondían que lo que en realidad quería la gente de color era violar a las mujeres blancas. Dicen las mismas mentiras, muestran el mismo rencor y los atenaza el mismo miedo. Sólo les faltan las sábanas blancas y las cruces ardiendo en las piezas de cereal. No sé si antes disimulaban y ahora ya no lo consideran necesario, o es que, simplemente, el tiempo los ha hecho más cerriles e intratables. Ellos creen que tenemos un problema, pero realmente el problema lo tienen ellos.
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