Lo de Nueva Zelanda de hace pocas semanas fue un pequeño aviso: las catástrofes naturales no son patrimonio exclusivo del tercer mundo. También los ricos pueden ser objeto de la furia de los elementos. La seguridad no existe ni el país del planeta más preparado para los terremotos. El núcleo de la tierra se ha estremecido allá por el mar de Japón, dejando una estela de miles de muertos y millones de afectados. Pero, con falla o sin falla debajo, no van a ser los habitantes del archipiélago nipón los únicos en sufrir las consecuencias del seísmo. Es la tercera economía mundial la que ha visto temblar sus cimientos, y nosotros no nos vamos a librar de ver bailar las paredes de nuestros hogares. A algunos pocos quizás les vaya mejor. Con la excepción de la de Tokio, las bolsas internacionales abrieron ayer al alza estimuladas por las perspectivas de negocio en la urgente reconstrucción de este país devastado. Así de hijoputa es el género humano. Lo que no sabemos es cómo se comportarán los mercados si la actual alarma nuclear deriva en una catástrofe aún mayor que la del maremoto. Las noticias sobre el delicadísimo estado de la central de Fukushima sorprenden al influyente holding nuclear en plena operación de reconquista del terreno perdido por los accidentes de Pittsburg y Chernobil. Cada vez más países -España, entre ellos- se encontraban considerando o anunciaban ya planes para relanzar la energía nuclear como alternativa a unos combustibles fósiles cada vez más escasos, más caros y en manos de países cada vez menos estables. Alemania ha dicho ya que se lo va a pensar. Otros estados van detrás. No era el caso del Gobierno español, quien a media tarde de ayer seguía calladito como un muerto. De los terremotos no hay dios que nos libre. Está, en cambio, a nuestro alcance no evaporarnos en medio de una nube radiactiva.