el 15-M es la gran conspiración montada por todos contra todos. Tenemos las pruebas. Su nacimiento fue saludado por algunos medios de la derecha como un complot socialista para influir en los resultados de las elecciones de mayo. Otros, dentro del mismo espectro ideológico, le siguen ofreciendo primeras planas que disparan directamente contra el PSOE. El partido de Zapatero navega con él entre el ninguneo y un tratamiento policial de guante blanco. Las críticas de los indignados son torpedos bajo su línea de flotación, pero sabe que un porrazo de más puede contribuir a ensombrecer aún más un futuro bastante negro ya. Los de Convergència no se enteraron. Limpiaron a pelotazos la Plaza de Catalunya para festejar los triunfos culés y se encontraron una semana después con el president teniendo que entrar en el Parlament en helicóptero. Mientras unos culpan del inicio de los incidentes a mossos camuflados, otras versiones apuntan a provocadores de la Policía estatal en una maniobra para socavar las instituciones catalanas. Todo menos analizar las reivindicaciones de los indignados. Éstas coinciden mucho más con los parámetros ideológicos de Izquierda Unida. Sin embargo, los líderes de esta formación han salido escaldados cuando han intentado algún protagonismo dentro del 15-M. Tampoco es casualidad la frialdad con la que la izquierda abertzale ha acogido este movimiento surgido imprevistamente en sus narices. Acostumbrada a controlar todo lo que se mueva en la calle, desconfía de algo de impulso marcadamente estatal y en cuya gestación no ha participado, por mucho que, al otro lado del espectro, algunos voceros de la derecha pretendan que es Bildu quien está detrás del 15-M. A lo mejor todos tienen razón y al mismo tiempo ninguno la tiene. Todos temen a los indignados y todos quieren aprovecharse de ellos. A mí, de momento, me gustan las suspicacias y el temor que levantan allá por donde pasan.