Está claro que nuestros gobernantes han gastado hasta lo que no está escrito. El caso de Navarra es tristemente paradigmático. No menos cierto que eso es que muchos de los que están publicando análisis y opiniones con respecto a la actual inclemencia económica, relativizan la importancia del agujero creado por el despilfarro de estos últimos años. Para explicar la actual crisis de la deuda soberana los especialistas apuntan a la banca, a las entidades financieras y muy especialmente a esas agencias de calificación que, semana tras semana, ponen nota a la solvencia de nuestros países, sin que nadie sepa explicar a ciencia cierta qué títulos ostentan para ello. Hasta hace muy poco el común de los mortales ni sabíamos de su existencia. Hoy los gobiernos esperan sus calificaciones con el pánico metido en el cuerpo. Cada vez que Moody's, Standard & Poor's o Fitch pronuncian un veredicto negativo sobre este o aquel país, la profecía se autocumple en el tsunami financiero subsiguiente. Luego, lo que para la mayoría se traduce en medidas que atacan directamente a nuestro bienestar y crean pobreza y paro, se convierte en millones para unos pocos especuladores. El mismo sistema bancario español, avaro como nunca en el momento de conceder un préstamo, da en cambio todas las facilidades del mundo para que cualquiera pueda jugar contra la deuda de su propio país o de otro y forrarse con ello. De esto, sin embargo, apenas se oye una palabra en ninguna de las cumbres europeas que vienen celebrándose sobre la crisis del euro. Ayer en el Congreso, Rajoy, entre tanta medida, ni tan siquiera mentó el problema. No estoy diciendo que haya que mandar un comando a Moody's y no dejar vivo ni al apuntador, como Obama con Bin Laden, pero tanta inoperancia acaba mosqueando. Los dirigentes europeos o son todos una pandilla de baldragas o están todavía más comprados de lo que sospechábamos.