mIGUEL Sanz solía lanzar alguna frase en euskara en sus mensajes de fin de año. A veces sólo eran un par de palabras pronunciadas dificultosamente. Un guiño insuficiente, pero que, al menos, dejaba traslucir que tomaba en cuenta, aunque fuese de forma leve y remota, a esa otra comunidad lingüística de Navarra a la que castigaba con su política los otros 364 días del año. Barcina ni tan siquiera ha llegado a eso en su estreno de este año. Podríamos preguntarnos de qué tipo de sustancia está hecha la mente de una persona que pretende ser la presidenta de "todos" los habitantes de su comunidad y, sin embargo, no es capaz, ni por descuido, de pronunciar en público una sola palabra en el idioma en que se expresan normalmente muchos de ellos. Qué tipo de lesión cerebral sufre o dónde se le ha paralizado un hemisferio, hasta el punto de impedirle que sus labios hagan algo tan básico y tan de pura cortesía como felicitar el nuevo año en la lengua cooficial del territorio del que es su máximo representante. Un día la comunidad científica se asombrará ante algún estudio neurológico sobre este curioso caso. Por lo demás, y refiriéndonos al contenido de su mensaje, sólo corroborar que a esta mujer le pierde la soberbia. Barcina podía haber corrido un tupido velo, para que no nos acordásemos de que ha pasado años embolsándose opacos y millonarios sobresueldos. Para que nos olvidásemos de que, pillada en pelotas, y ante el mosqueo generalizado, se vio obligada a renunciar a unas gratificaciones que recibía a cambio de humo. Para que se nos borrara de la mente que, después de todo ello, tuvo la impresionante jeta de subirse el sueldo de presidenta un 33%, en un momento en que cualquier asalariado considera que le ha tocado la lotería si consigue acabar el año sin que le rebajen el suyo. No lo puede evitar. Inasequible al desaliento, insiste en ponerse como ejemplo de esfuerzo y sacrificio. Debería estar acostumbrado, pero me sigue asombrando el morro que le echa.