las inauguraciones son un protocolo ridículo, una parafernalia susceptible de supresión. Más en tiempos de austeridad. Más cuando la entrada en servicio de una infraestructura es anterior a las conveniencias de agenda de Yolanda Barcina. La presidenta del Gobierno de Navarra ha inaugurado en fechas recientes el tramo navarro completo de la Autovía del Pirineo y las nuevas instalaciones del instituto (IES) de Estella. En este caso, con el agravante de invasión del horario lectivo como si el día no tuviera más horas. El corte de cintas, el descubrimiento de placas, la firma en libros institucionales son formalismos concebidos para nutrición del ego de las autoridades. El archivo fotográfico de Barcina ocupa buena parte del disco duro de su ambición. Desde el punto de vista de la productividad, es una pérdida de tiempo del actor principal y de los extras convocados (presidente del Parlamento, consejeros, directores generales, alcaldes). Como gasto -por pequeño que sea-, suntuario y prescindible. Es tiempo de acciones, no de representaciones; de humildad eficiente, no de ostentación complaciente. Lo importante es la puesta en marcha de dotaciones y servicios; su inauguración oficial es un gesto accesorio de vanidad política. Pero si a las autoridades les gustan las inauguraciones -delectación que se sublima en vísperas electorales-, su catálogo de posibilidades deberían ampliarlo: ¿por qué no se inauguran las sucesivas aperturas de los túneles de Belate tras repetidos desprendimientos; la ampliación de las listas de espera sanitaria; el deterioro en instalaciones docentes; el incremento del número de parados cada vez que se supera una decena de millar; el engrosamiento de la cifra de personas en riesgo de pobreza y exclusión social, que roza ya el 10% de la población; la cancelación de actividades relacionadas con la formación y la programación cultural; la entrada en vigor de la sectaria reforma del injusto IRPF; los cierres de empresas y los ERE? Cada una de estas inauguraciones alternativas tendría su público. Parados y enfermos llenarían hasta dos veces el aforo del Sadar -donde Barcina podría hacer un saque de honor- o de la Plaza de Toros de Pamplona -donde podría dar una intensa vuelta al ruedo-. Con el consejero Miranda, claro. O todos a Los Arcos, por dar al circuito alguna utilidad social. ¡Qué sonrientes estaban Sanz, Elena Torres y Barcina en aquel banderazo de salida al déficit! Los ágapes, a cargo de las cocinas del Complejo Hospitalario antes de inaugurar su clausura. Y la gran inauguración pendiente: la del Monumento a los Fueros, ahora que el fuero es una reliquia alicorta. Pronto tocará inaugurar el crecimiento cero. Barcina, abrazada al escudo de Navarra, al borde de un precipicio: la recesión.