un escalofrío convulsiona la descoyuntada columna vertebral de la cultura. Por la gélida intemperie en que la ha dejado la Administración y por rudos planteamientos de libre mercado: "Más entradas vendidas, más cobrarán. ¿Riesgo? Todo. Nadie les asegura los viajes, ni los hoteles, ¡ni siquiera el salario mínimo! Están en vuestras manos, en tus manos. Ven al Auditorio y disfruta. Contribuirás a que las Artes Escénicas sigan en marcha". El Auditorio de Barañáin ha optado para esta temporada por la "programación a taquilla". Retribución según consumo. Más que gestión cultural, gerencia inmobiliaria y de servicios escénicos. La fórmula no es nueva. Un programador de cultura dispone de dos métodos convencionales: firma contrato con el artista deseado -si le encaja en receptividad, presupuesto y fechas-, y pone precio al alquiler de la sala cuando algún agente externo (promotor, grupo o artista) se muestra interesado. En la "programación a taquilla", el espectáculo programado no abona alquiler ni cobra honorarios, sino que recauda en ventanilla. Oportunismo fácil de los gestores ante tanto menesteroso en el extenso catálogo de ofertas. Los espectáculos con más nombre o elenco salen, eso sí, a precio de Baluarte. El edificio de Barañáin y su equipo humano dependen para su mantenimiento de la aportación de dinero público por parte del Ayuntamiento local y del Gobierno de Navarra. El artista -que da sentido a la finalidad de la infraestructura y encarna la identidad de la programación- es el único que realmente se la juega. Este contenedor cultural, construido con un quimérico objetivo comarcal, es coetáneo (2003) del Palacio de Congresos y Auditorio Baluarte, de Pamplona. El auditorio de Barañáin tiene una sala principal con 687 butacas. Su escenario de 600 metros cuadrados puede ser utilizado como sala de conciertos o espacio multiusos -sala Ekia-, con capacidad para 670 personas de pie. Dispone, además, de cuatro salas de ensayo y reuniones. Su sostenimiento presenta serias dificultades propias de viabilidad, en un contexto coyuntural inhóspito: la Cultura es un valor superfluo entre las prioridades del gasto público en tiempo de crisis. Los mayores recortes del Gobierno foral lo han sido en ese departamento y han afectado a programaciones emblemáticas e, incluso, con resonancias internacionales. Como parte contratante, las administraciones han pasado del derroche a la inanición. Unos políticos de Barañáin defienden para el Auditorio la vigente fórmula de Fundación, que el actual equipo gestor recomienda. Otros pretenden su adscripción al departamento de Cultura, burocracia lenta y ubicación estructural más vulnerable a criterios ideológicos. Se debate la figura administrativa. Se acepta la degradación del artista.